Días extravagantes

Desde la palabra «Existo» con que se inicia la novela Días extravagantes, de la escritora sevillana María del Monte Vallés, uno ya se pone en guardia. Y más aún al enfrentarse a la descripción del espacio en el que esa voz narradora dice existir, que parece una campana de laboratorio, un lugar aséptico, sin sonido (luego averiguaremos que eso puede resultarle una bendición), presidido por un ordenador donde teclear los resbaladizos recuerdos pescados al azar, al arbitrio de una memoria fragmentada y/o enferma. Un lugar casi tan extravagante como los días que anuncia el título, que, sin embargo (también luego sabremos), identifica con momentos felices en los que se ve «capaz de llevar a cabo toda tarea que se me ponga por delante». Aunque, claro, entre esas tareas puede incluirse cualquier afán atroz.

En efecto, a medida que avanzamos en la lectura, se nos ofrecen sustanciosas y algo disparatadas astillas de una vida que poco a poco recompondremos, donde no faltan notas sobre asuntos domésticos (listas de tareas y de la compra, con colofón de litio y lorazepán), angustiosos recorridos por sueños y pesadillas, oscuras alucinaciones (porque «no fue culpa mía, sino de las culebras»), visitas a su casa de la infancia, escenas familiares (me encanta su actitud mafaldiana frente a la sopa y su reacción ante «el puñadito de fideos pachuchos», gráfico hasta la lástima), remansos líricos, destellos de una personalidad con demasiadas aristas que hacen exclamar a su hermana «¡pirada!»; término que daba nombre originalmente a la novela y que le viene como anillo al dedo.

Desconocemos cómo se llama quien nos habla (bueno, en realidad, no, se llama Eva, pero lo deja caer sin apenas darle importancia), de la misma manera que también se nos hurta el de personajes fundamentales (Mamá, Tío, así, en mayúsculas) que parecen conformar lo único cierto, lo único amado, el anclaje a una vida dolorosa en la que el tándem de esos dos hermanos se convierte prácticamente en el solo oasis de realidad.

Yo ya conocía la manera inteligente de Vallés de tratar y retratar a sus personajes (remito a mi reseña de su Todos mienten), y en este caso, por supuesto, vuelve a conseguirlo, en especial en su pintura nada idealizada de Alicia, hermana de la narradora, descrita como «una mujer sólida» que «Se casó con un abogado de éxito siendo muy joven y se divorció cuando le pareció oportuno», a la que va añadiendo rasgos de crueldad, frialdad, soberbia, eficacia, avaricia, celos, desdén. Pero, por encima de todo, y por supuesto, su pericia en estas lides se demuestra en la descripción que hace del personaje principal a través de gestos, afirmaciones, sueños, reflexiones, de su discurso extravagante, que la convierten en el contrapunto de Alicia y ejemplo del desequilibrio, de su trágica unicidad (aunque ¿quién es la demonia de las pesadillas?), de su diferencia frente a todos, acentuada con las referencias siempre benévolas a Roberto, «un hombre amable, paciente y tranquilo, absolutamente opuesto a mí».

Por supuesto, la atmósfera que crea es la adecuada para el estado en que se encuentra la protagonista, que solo al final descubriremos del todo, aunque sin demasiadas sorpresas, pues Vallés, con su habilidad característica en la construcción de intrigas psicológicas y en las técnicas narrativas en general, va dejando las pistas oportunas para que averigüemos qué era esa campana mental descrita al principio y otros detalles terribles sobre su personalidad desquiciada, como cuando afirma «hace tiempo que las ideas suicidas no se cruzan en mi camino», lo que nos sugiere que alguna vez sí y que quién sabe.

La estructura, o desestructura, elegida para este dramático recorrido en el que, sin embargo, la voz esparce sus buenas notas de ironía es muy acertada. Más bien diría que no podía ser otra. La narradora pesca y repesca recuerdos en un estado de semiinconsciencia («debo aprovechar estos momentos de "lucidez"», se dice, aunque para mí que son pocos), por lo que estos acudirán al albur, caprichosamente, sin ser llamados («Mi actual disposición es dejar que las cosas sucedan, sin más», ya anuncia en la segunda página), y con la dudosa consistencia de lo onírico, que la hace en un momento dado afirmar «Estaba dormida, o eso creo, y ahora estoy dormida, creo», con lo que a veces no sabemos qué es sueño y qué, realidad. De hecho, en las transiciones entre un mundo y otro, «De la luz azulada del ordenador en mi campana, a la penumbra acuosa de la casa», emplea un mismo lenguaje que apunta a la inmersión en el subconsciente («cuánto he retrasado el momento de avanzar, si, en lo más profundo de mi ser, sabía que tenía que hacerlo: solo así encontraría las respuestas»), que es, al fin y al cabo, lo que ella, y más de uno, precisa.

Por eso, aparte de esa trama que vamos construyendo a la par que la protagonista-narradora, como escritora en prácticas que soy, me gustan especialmente esas referencias a la creación como necesidad, como cuando dice «Expío mis defectos, amanso mi delirio, acaricio mis recuerdos escribiendo».

En resumen, una obra que recomiendo leer de un tirón, para que no se produzcan cortes en la pesadilla, para que nos sumerjamos en la atmósfera de una mente al borde del precipicio. Para que disfrutemos, como ya nos tiene acostumbrados María del Monte Vallés, de alta literatura.

Elena Marqués

María del Monte Vallés (Sevilla) se dedica profesionalmente a la construcción y el urbanismo, aunque sus pasiones, los viajes y la literatura, la han conducido a escribir relatos, libros de viajes y varias novelas, como Perdiendo pie (Triskel Ediciones, 2016) y Todos mienten, que apareció bajo el mismo sello en 2018.

Días extravagantes

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