Desnombramientos

«Transitarse en la escritura. Escribirse habitada por los otros, habitar en las palabras heredadas, abrirse paso con el lenguaje entre su propia espesura, abrir grietas, buscando, quizá, un no-lugar en el que todo está aún por pronunciar. Desnombrar el mundo para poder nombrarlo. Tocar el mundo sin nombres en las yemas de los dedos. Nombrarlo con el tacto. Desamar. Amar. Silencio. Honrar los inicios. Honrar el comienzo de un verano que ya estará para siempre alfombrado de amapolas».

Estas palabras con las que la poeta Miriam Palma habla de este libro condensan, en buena medida, su concepto sobre la función creadora de la palabra. Nada existe si no se pronuncia. Ni siquiera nosotros, que necesitamos un signo que nos identifique, un nombre propio que nos proteja. Pero quizás las palabras se hayan vaciado de significado y sea preciso inventarlas ex novo si queremos definir y definirnos, señalar y situar(nos) en el mundo.

Por ello, la «ferocidad elocuente» del silencio, así como la adopción de una mirada distinta («aprendimos precoces / a desconfiar de nuestros ojos»), han de ser el punto de partida. Y, junto a ellas, como herramientas fundamentales, las palabras primordiales que «nos soñaban» en «un tiempo de umbrales [...] un tiempo de búhos y de asombros». Al fin y al cabo, solo «el lenguaje es la patria(matria) del poeta».

Dividido en cuatro partes más o menos proporcionadas (salvo la última sección, «Post scriptum», compuesta por un único poema dedicado a sus padres), se inicia, en «Topografías del derrumbe» (convertida en «caligrafías del derrumbe» en uno de sus versos), con una reformulación del génesis bíblico y un «contraparaíso» en el que la creación desganada se reduce prácticamente al don del miedo como característica intrínseca a lo humano; el edén, a un rincón cercado[1]; el castigo, a la experiencia de una guerra que alcanza hasta nuestros días. A ese tiempo inconcreto de todas las batallas dedica Palma varias composiciones, a sus consecuencias reales, a los tiempos oscuros de novias con vestidos negros; un tiempo que amarillea cosas y recuerdos (son los colores que se extienden por el libro) presidido por la falta de alegría. «Alegría, ¿podrán brotarte alas?», pregunta al final de un breve poema.

De ahí el tono bíblico («Al principio de todo, todo era / asomarse al deseo»), que en ocasiones adopta nomenclatura de plegaria («Y líbranos de todo mal») y, en otras, la fórmula ritual para que el Verbo se haga carne («Y dijimos yo y casa y lluvia», «y pronunciar silencio / como una predicadora de promesas de agua») o, en una versión menos religiosa, la del conjuro cuya sola emisión surte su efecto mágico. De ahí, también, que proliferen los términos negativos (deconstruir para reconstruir), las partículas como «no» y «sin», los prefijos que denotan privación («desamparo», «innombrado, «desconfiar», «desmembrado», «desmemoria», «desencuentro»), los oxímoros para representar la compleja realidad de los grises («la ira del justo, «las zarpas del bueno»), los términos que anuncian la dificultad de conocer la verdad («simulacros»).

El planteamiento de un mundo de opuestos, de contrarios, es más marcado en la segunda parte, «De desamor, amor y...», presidida por ambos sentimientos encontrados y, a la vez, complementarios en el que el segundo se erige en centro y urgencia (léanse los versos finales de «Porque vivimos en permanente estado de excepción»), pues «solo la mano que desnombra / es la que ama». Palma alude aquí a seres concretos que tienen su propio lenguaje («Ven, me dice. / Acércate a mi pozo»), a sentimientos de tristeza, de pérdida, de sólidas ausencias ante el mar-muerte (la voz poética se caracteriza a sí misma por una ausencia al definirse como «la sed que soy»), y expresa «la nostalgia / de la mano de un padre /que ahora ya no puede / responder».

Sin embargo, por encima de ello, se erige el deseo de vivir, de encontrar «estrategias / para que estos días que me habitan / no acaben convirtiéndose / en meros recipientes desechables»; se abre un umbral (el subrayado es mío) donde todo es posible, donde empezar de cero, y lanza: «Desbrozando las lindes del olvido, / andar descalza al fin / por sus parajes blancos» (el subrayado es mío).

En esas condiciones puede afrontar la tercera parte, «... Otros desnombres», centrada en una búsqueda más personal (aunque la voz de Miriam Palma tiene la cualidad de incluirnos en la experiencia, no solo a través del uso ocasional de la primera persona del plural, sino por enfrentarnos a lo que somos) que derribe lo falso («esta prisión de lodo / que aprisiona los tobillos»). Una búsqueda que yo resumiría en un deseo: «quién fuera poeta del desnombramiento»; y en un descubrimiento: «Aún hoy a ratos me pregunto /si alguna vez sabré lo que no soy / y pronunciarme, / pero ahí sigo, / apenas enhebrada, entre ruido y silencios».

Y en esa indagación se vale, como no puede ser de otra manera, de la escritura, que, en su intento de volver a «un origen sin signos», se desnuda y reconoce sus límites (la cita de Herta Müller «No es verdad que para todo exista una palabra» da idea de ello); y, en la madurez adquirida, del don inacabable de la espera («Sentarse, / solo sentarse en la lisa quietud de bajamar»).

No puede negarse que la construcción de los poemas de Miriam Palma es sólida, con tendencia a la estructura ordenada, a distribuir los versos en espejo (léase, por poner un ejemplo, «He regalado ovillos», donde el hombre-héroe tiene su contraparte en «el lamento de sus minotauros»; léase «Una vez hubo un tren con rumbo a Taormina»); a encerrar y concentrar, en los poemas «pequeños», verdades como puños, deshaciéndose de aditamentos para expresar el concepto.

Aunque, si hablamos de «aditamentos», no podemos sino admirar la cuidada y acertadísima adjetivación, en ocasiones doble, la ajustada elección de los términos dentro de un mismo campo semántico para crear una atmósfera íntima y a la vez telúrica de barro primigenio y grietas por las que acceder al conocimiento, de hilos y tejidos para la escritura y construcción del yo y el mundo, para la traducción y desciframiento de sus «signos opacos».

«Escribir, escribirse y / reescribirse como acto de / subversión, de valentía», resume la editora Parker (Cecilia Ojeda) en la contracubierta del libro. No puedo dejar de pensar que esa actitud me recuerda, en cierto modo, a la princesa omeya a la que Miriam Palma dedica su libro La huella de las ausencias. Un relato sobre Wallada. Quizás porque ambas tengan en común la necesidad de tejer la realidad, de investigarla (y dice «trazo / excavo / conjuro / delimito»), y entienden la escritura como lo que es: un modo certero de construirse y de reconstruirse; de nombrar lo que de otra manera no existiría y crear, en consecuencia, un mundo que, por ficticio, es lo único real, pues solo el poder genesiaco de la palabra hace que brote. Escribir para «leer este mundo», para recuperar la huella de la memoria futura y «confluirse hacia atrás», a lo aún por decir, al maullido animal, al silencio, principio y final de todo, a desprenderse «de todas las palabras / que han labrado una piel sobre mi piel». A los Desnombramientos que configuran este libro. Al «contraparaíso» que finalmente deviene paraíso por la fuerza silenciosa y sencilla de las amapolas.

Elena Marqués

Miriam Palma (Miranda de Ebro, 1963) es profesora titular de Filología Alemana en la Universidad de Sevilla. Su investigación se centra en las relaciones entre identidad, corporalidad y escritura. En el ámbito de la creación literaria, ha publicado los poemarios Ruidos. Silencio. Ruidos (Sevilla, 2012) y Exilios. Hacia el azul (Sevilla, 2015), así como La huella de las ausencias. Un relato sobre Walada (Sevilla, 2017).



[1] La noción de límites, de fronteras que dividen, de prohibiciones para la felicidad, aparece en más de una ocasión en el libro con distintas formas, desde la «condena de crisálida», pasando por la «alta valla inexistente» de un paraíso con manzanas pintado por Dios, hasta el propio vestido, que separa «un mundo dentro, / un mundo fuera», un vestido-disfraz que simula «al menos / una verdad poética» y que cubre una piel que es, a la vez, frontera y punto de encuentro con el mundo. A esa misma idea responden la imagen del «umbral», posibilidad y esperanza; y los puentes y las riberas que conducen al futuro, «hasta esa promesa sin orillas» con que se inicia la sección dedicada al amor.

 

 

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