De Homero y otros dioses

El año que se apaga, si dejamos a un lado crisis y pandemia, que no sé hasta qué punto es eso posible, se ha convertido en una continua celebración para dos filólogas llamadas como mi primogénita. No pasa una sola semana sin que salte el nombre de una de ellas en medios y redes, ya sea por verse entrevistadas en una revista de prestigio o por ser invitadas a una charla en una biblioteca, instituto, fundación o librería. Así que empezar una reseña sobre el segundo libro de Irene Reyes-Noguerol implica casi necesariamente caer en ciertos tópicos.

Y es que hay que recordar que, con solo dos volúmenes en su haber, ha sido incluida en 2021 por la prestigiosa revista Granta entre los 25 mejores narradores jóvenes en español, junto a, por ejemplo, la ecuatoriana Mónica Ojeda, fascinante en su libro de relatos Las voladoras, o el finalista del Premio Nadal Alejandro Morellón, cuyo Caballo sea la noche simplemente alucina. Hay que recordar también que la feria del libro de su ciudad natal le ha otorgado hace apenas un par de meses el premio al autor del año, y que en el momento de aparecer este De Homero y otros dioses aún frecuentaba las aulas de la Facultad de Filología, donde no sé si se enamoró de los mitos clásicos y del aedo que más luz ha arrojado sobre nosotros durante siglos, pues en sus probables poemas épicos bebe buena parte de la mejor literatura, y en sus ojos ciegos se desliza la escritora sevillana para trasladar Grecia a nuestros días, para explicar las pasiones y la humanidad de los dioses que son, en verdad, las de todos nosotros.

En efecto, acompañados por una lluvia casi constante y nostálgica (esas Súculas de dedos diminutos como patitas de hormiga), se deslizan por estas páginas el miedo a las sombras de la noche y a la mirada mortal de Medusa, contrarrestada por la magia de una pluma espejeante en «Por mí y por todos mis compañeros»; el dolor insoportable y lleno de culpa por el hijo abortado de la nueva Sémele, siempre pensado o soñado como una encrucijada de posibilidades vitales; la tristeza del abandono del amor exiliado y solo, «el hilo con el que te guiaba a través del mundo y de los días» roto para siempre. Arquetipos que se repiten hasta nuestros días sin perder vigencia como todo lo que alimenta la literatura que ha de quedarse, desde la hermosa leyenda de los hospitalarios Filemón y Baucis, modernizados en otros dos ancianos universales que representan la pura Soledad y el Olvido del alzhéimer, pasando por el voraz y monstruoso Licaón o el esforzado Sísifo, uno de mis antihéroes favoritos (por qué será), hasta llegar a la musa de la danza, la juguetona Terpsícore, algo rellenita en este caso, y, por eso mismo, maltratada. De manera que, como quien no quiere la cosa, a través de estas breves escenas, en su mayor parte urbanas y vistas a través de un cristal, desde una ventana protectora que concede el privilegio de mirar la vida que pasa, la vida real, se pone ante nuestros ojos una sociedad urgida por la prisa, falsa e hipócrita que niega lo feo, lo imperfecto, con una muda crueldad. Que abandona a su suerte a los enfermos, que desoye la sabiduría de los viejos. O sea, crítica y lirismo se aúnan en un discurrir narrativo que brota libre y se extiende en ocasiones en un flujo de conciencia, en una reflexión íntima de hermosa factura, en un río de palabras que se desborda sin contención, como ocurre en «Cuando llueve» o en «Levantando la roca».

Y no solo tendremos la ocasión de ver revividos, reencarnados, ciertos personajes de la Antigüedad, sino también algunos espacios mitológicos, como el Reino del Hades (el infierno de la hora eterna de la siesta) o la legendaria Ítaca, representada en el Ocnos y el magnolio cernudianos, patria de quien escribe, que logra reproducir el ritmo mismo de los versos de su coterráneo, la luz de oro de los muros y los rincones escondidos, el gorjear de agua de las fuentes. El tiempo detenido.

Pero, dicho esto, quiero dejar constancia de otra cosa más, y es que los veinte relatos que componen la colección que edita con el cuidado de siempre Maclein y Parker no son para mí relatos, sino pequeños artefactos poéticos adornados por una elegante sucesión de adjetivos siempre enriquecedores, exquisitas metáforas y ritmo despacioso, casi ensimismado en anáforas y paralelismos que consiguen detener los minutos, dibujar un eterno presente, un «hoy es siempre todavía» machadiano especialmente en el castigo de la enfermedad invalidante contado en «Levantando la roca».

No, no son cuentos esto que se nos presenta en la colección Taiga de narrativa, sino que Reyes-Noguerol, como buena lectora de Borges, otro lúcido escritor sin ojos, como Homero (a ambos los reúne en su primer relato, precioso homenaje a «Las ruinas circulares»), sigue la senda de la continua reescritura que es todo texto literario, en este caso de esos mitos clásicos que yo al menos estudié en la facultad con el libro de Ruiz de Elvira.

He de alabar no solo el propósito de unir todas las historias con ese hilo común de la mitología, sino la textura en sí, la coloración que consigue con los matices de la desolación (la melancolía solo puede ser azul) y esa aguja de un estilo y voz propios que borda y punza; la estructura perfecta que se abre con el ciego que nos sueña y se cierra, como los ovillejos auriseculares, recogiendo a todos los personajes que ha ido distribuyendo en los relatos-poema anteriores en una despedida emocionante, apoteósica en su sencillez.

Por último, el libro de Reyes-Noguerol se completa con un «Breve diccionario mitológico» (en casa campean los dos volúmenes de Alianza, a los que recurro de vez en cuando para satisfacer mi curiosidad) para los menos iniciados que siempre es de agradecer, aunque desconozco si también es de su autoría.

En fin, que yo he disfrutado mucho con la lectura de este De Homero y otros dioses, en el que «escuchamos melodías que nunca dejaron de vibrar», y espero que otros lo hagan después de mí. Y sé que es pronto para augurar el futuro de esta jovencísima escritora, pero, desde luego, su presente está viéndose coronado por el aplauso; un aplauso merecido del que quienes la hemos leído y conocido no dejamos de alegramos.

Elena Marqués

Irene Reyes-Noguerol (Sevilla, 1997), refrendada por 49 premios literarios, 46 de ellos en concursos de relatos de carácter nacional e internacional, publicó con dieciocho años su primer libro, titulado Caleidoscopio (Ediciones en Huida, 2016). Sus textos han aparecido en numerosas antologías.

 

 

 

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