Curva

 Leyendo Curva, de Aurora Delgado, no he podido dejar de acordarme de las máximas chejovianas sobre el cuento. Porque nada es gratuito en esta historia. Desde «el taxista y el travesti, cada uno en un extremo [...], abriendo y cerrando un paréntesis de más de veinte años», todo queda bien atado en esa curva en la que Antonio se ve atrapado porque es un infeliz sin voz como Buster Keaton. Un tipo que ha renunciado a una vida propia para refugiarse/resignarse en el «micromundo de diminutivos y miniaturas» que tan bien retratan Conchi y sus niños mimados, el fantasmal colegio de élite de Manolito Recio, el dulce ronroneo de un Mercedes. En definitiva, esa sociedad hipócrita que funciona sobre la base del toma y daca, un mundo amenazado en sus raíces como el ficus que adorna la urbanización Aljarafe horadando los cimientos de su casa.

La historia, en la que, para los que gustan de la intriga, no faltan muertes accidentales, palizas, asesinatos, falsas inyecciones letales y, como colofón, actos que intentan esconder la barbarie para salir impune, se desarrolla en Camas, un pueblo muy cercano a Sevilla a cuya degradación se dedica más de un fragmento. La elección, como la misma Delgado ha comentado alguna vez, viene definida por su carácter de tierra de nadie, por su aislamiento (entre un río, una autopista, unas vías del tren). Por crecer «de espaldas a su representación. Un Mr. Hyde de ladrillos» donde pueden producirse hechos como los que aquí se desarrollan, pues, recordando a Orson Welles, «las ciudades fronterizas concentran lo peor de cada lado». No puede olvidarse que el matrimonio Antonio-Conchi se instaló allí procedente de otra ciudad fronteriza: Melilla. Camas, además, representa ese pasado de Antonio que parece susurrarle mensajes deterministas a través del recuerdo permanente del Chorla, «una sombra de su memoria» que planea como un hado trágico. Como si el lugar de nacimiento y el entorno familiar (¿dónde puede trabajar quien se crio junto a los hornos de una fundición sino en una incineradora de animales?, ¿cómo escapar de la sangre quien la vio correr en su propia casa?) pesaran más que un muerto.

La trama de Curva se desarrolla durante un solo día (de ahí la cita de Virginia Woolf con que se inicia: «siempre le había parecido peligroso, terriblemente peligroso, vivir, aunque fuese un solo día»), si bien, como se dirá en el capítulo 18, «hay días que contienen un año, varias vidas». Se trata de una calurosa jornada que amanece en el capítulo I y que se completa con varios flashbacks que ayudan a conocer a los protagonistas que por ella se mueven. Sobre todo a Antonio, que se irá dibujando como un hombre sometido a su mujer y familia, domesticado, anulado «para adaptarse a las dimensiones de su jaula». Un tonto que le pregunta a Bruno quién es más tonto de los dos, que presume en sus regateos africanos de que «solo los inteligentes engañan, solo los inteligentes no se dejan engañar», que le da pena a su propia hija. Que de repente descubre «que no conduce una Harley por la 66, sino un camión de bomberos en un tiovivo».

Ya he comentado que todo encaja en esta historia regida por ciertos paralelismos y cada hecho viene anunciado por alguno anterior (Lola rompiendo la foto de Lucía en «casa» de Dani, Lola apoyando la mano cerca de la bragueta de Antonio); gestos o datos que pueden en principio pasar desapercibidos por la sutil perfección con que se engarzan. Especialmente en esas analepsis que anuncian acontecimientos futuros. Así, la incineración de Eolo precede a otra que quedará incumplida; el despido de Sagrario y la imagen de los cerdos de la matanza, la elección de Antonio como víctima propiciatoria; el incidente en el Burger King..., algo que no debería revelar aquí. Es así como se muestra a otro de los protagonistas de esta novela: el destino. El destino que se presentó en forma de Manolito Recio ofreciendo a Antonio Salvador participar en un centro educativo de excelencia. El destino que hace a Antonio pasar a diario por la curva que da título al libro y ser elegido para el sacrificio (habrá que preguntarse cuántos sacrificios más han sido necesarios como parte del plan) en la partida de ajedrez que es la vida, en la que él deviene «un simple peón en el vasto negocio de la muerte».

Al final, sin embargo, cuando no damos cuenta de hasta qué punto hemos sido engañados, se producirá un giro de tuerca que no es tan inverosímil como pudiera parecer, y del que, por supuesto, nada voy a decir. Le corresponde al lector enfrentarse a esta novela de Aurora Delgado y disfrutar de su personal maestría.

Elena Marqués

Aurora Delgado (Sevilla, 1968), coordinadora del club de lectura del Sofá Cama de la librería La Fuga, es licenciada en Arte Dramático y máster en Escritura Creativa, y ha cursado estudios de Publicidad y Relaciones Públicas. Con El corazón de Livingstone (Libros de la Herida, 2014) obtuvo el Premio Ciudad de Alcalá de Henares de Narrativa, y con Curva (Sloper, 2018), su segunda novela, quedó finalista en el Premio Nadal 2017.

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