Como si existiese el perdón

Siguiendo la recomendación del escritor Ignacio Arrabal, con quien comparto amistad y gustos literarios, me he bebido de un solo trago Como si existiese el perdón; una pequeña gran novela de la escritora argentina Mariana Travacio que nos traslada, a través de escuetos capítulos y con un estilo sobrio, preciso, pero a la vez furiosamente poético y plástico, a los mejores paisajes desolados y extemporáneos donde ejecutar, con resabios de wéstern y la constante presencia de Rulfo (piénsese en el protagonismo-determinismo en ambos de la tierra y el clima, la aparición de ciertos símbolos, la fuerza de la irrealidad, más algún rasgo de magia), una venganza.

Ya la cita de Derrida que precede a la historia, «Un fantôme ne meurt jamais, il reste toujours à venir et à revenir», nos augura la necesidad de que dicha venganza llegue a su fin, de que se cumpla el destino fatal de unos protagonistas, en su mayoría masculinos, marcados por la vida dura, el abandono, el dolor, la locura, la muerte, el miedo, la culpa y el peso irremediable del pasado, aunque también la camaradería y la amistad. Quizás por ello al inicio emplea la primera persona del plural («allí, donde vivíamos, venía el viento norte»), para sumergirnos en esa comunidad tocada por la desgracia de la incomunicación.

Porque el motivo o la espoleta que provoca la muerte del primer Loprete no es sino la falta de entendimiento, la barrera infranqueable de sus dos mundos, representados por los lugares en que viven, tan contrarios entre sí. Un silencio que se asienta incluso entre Manoel, protagonista y narrador, y su partenaire Tano («había instalado un silencio avieso entre nosotros»), que vertebra algunas escenas dramáticas como una amenaza y que se comunica al lector guardando ciertos acontecimientos y secretos para devolvérnoslos en el momento justo, pues domina Travacio la técnica del suspense y es capaz de establecer una atmósfera de tensión sin fallas a lo largo de todo el libro.

La novela se inicia con la llegada espectral de un extraño. Los protagonistas se ven «sorprendidos por su figura concreta en la tarde abrasadora, como si la bruma de polvo que nos envolvía esa tarde lo hubiese materializado[1]». Este hombre acaba reapareciendo en su propio doble (el fallecido tiene un hermano mellizo, del que se dice: «Más que mellizos, ya muertos, parecían la misma persona»), como si los muertos, esos fantasmas que planean continuamente por la obra, no desaparecieran jamás. Al fin y al cabo, según recuerda el viejo Miranda parafraseando de algún modo la cita del inicio, «a los fantasmas hay que pelearlos de entrada, Tanito, porque si no se afianzan, ¿sabés?, y se acaban instalando y no se van más».

Como un fantasma se extiende también el recuerdo[2], que queda difuso, inconcreto, hasta el punto de que no son capaces de saber cómo ocurrió todo, quién mató a quién, en una extraña confusión entre la verdad y su recreación tan propia de cierta corriente onírica latinoamericana que todos reconocemos y disfrutamos. De hecho, podemos llegar a dudar de si lo que se nos narra ha ocurrido o terminará deshaciéndose «como se deshilachan los sueños cuando llega la mañana», de la misma manera que desaparece la casa de Tano de la faz de la tierra igual que si nunca hubiera existido, que no es sino la forma más conocida históricamente de barrer la memoria de hombres y de pueblos enteros.

Es interesante el tratamiento que, en ese mundo eminentemente masculino, concede Travacio a las mujeres, tocadas por cierta aureola extraordinaria, desde Ramona, la mujer de Juancho, a la que describe de pequeña con «la cabellera crespa como si fuera la de una santa a la que se le llevan ofrendas porque hace milagros» y que termina sumida en una locura alimentada por el dolor, a la mujer de Miranda y a Iris, que solo son nombradas y que comparten características de bruja, Pepa, capaz de sanarlo todo, u Ofelia, la madre de los Loprete, cuyo nombre y pacífica enajenación nos remiten al personaje shakespereano, pues no otra cosa que una sangrienta tragedia se va fraguando ante nuestros ojos, con apariciones hamletianas incluidas («cuando abre los ojos, ve el rostro de su padre»). Una tragedia que, como tal, termina por cumplirse, del mismo modo que se cumplía el fatum en aquellas otras de la antigua Grecia que aportan a esta novela, entre otros motivos, aparte de algunas escenas corales como el intento de salvar a Juancho, el recurso narrativo de la anagnórisis (léase el capítulo 15).

En esta misma línea, identificando antecedentes clásicos, no puede pasarse por alto el significado que adquiere en la novela el tema del viaje, tan caro a la literatura como topos. Un viaje no solo físico, desde el desierto inicial en que vive el protagonista hasta los lodazales azotados por el castigo del diluvio de sus enemigos antiguos, aquellas «tierras desquiciadas» (ojo al adjetivo, pues, al fin y al cabo, ¿no es la locura en sus distintas manifestaciones el protagonista principal de esta obra?) donde sentimos el polvo, el calor y las inclemencias gracias a la pericia de la autora, que no escatima en términos certeros dirigidos a todos nuestros sentidos; sino fundamentalmente interior, como el trazado por Ulises en la Odisea, con el que, como no podía ser de otra manera, aunque en este caso se trata de una epopeya nada heroica en la que se embarcan con un parco ejército mercenario, comparte motivos. Así la parada en casa de Luisa, la hermana de Tano, que recuerda a la mítica Penélope en su actividad de tejedora y que supone también un oasis semejante al que el griego encuentra en la isla de Calipso, una tierra intermedia más justa con sus habitantes («en cambio acá las nubes eran más claras») en la que, cumplida la venganza, pero no logrado el perdón (recuérdese la partícula con que se inicia el título, fórmula que pone punto y final a la narración), termina Manoel recalando, pues, como toda aventura interior, el regreso al punto desde el que se partía se hace imposible, nunca se vuelve al lugar del que se huyó, nunca se abre el mapa del regreso.

En fin, nada más por hoy, salvo desearos que la lectura de este libro, ese viaje particular en medio de la noche, os resulte tan hipnótico y revelador como a mí.

Elena Marqués

Mariana Travacio (Rosario, 1967) es una escritora y psicóloga argentina. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías y revistas de Argentina, Uruguay, Brasil, Cuba, España y Estados Unidos. Ha recibido numerosos reconocimientos literarios en concursos nacionales e internacionales y es autora de los libros de relatos Cotidiano y Cenizas de Carnaval, de la novela Como si existiese el perdón y de un manual de Psicología Forense. 


[1] En más de una ocasión aparece esta imagen, la materialización y concreción de ciertos personajes, lo que parece confirmar su condición espectral, del mismo modo que se desdibujan los límites entre la realidad y lo suprarreal («Yo no terminaba de sacudirme la sorpresa, seguía tirado sobre el pasto, como buscando despertarme del letargo para comprobar que todo no pasaba de un mal sueño»; «tratando se asegurarnos de que no fueran meras sombras con las que nos poníamos a conversar»).

[2] «Y, sin embargo, aunque los recuerdos me llegaran frescos, yo me sentía tan lejos que era como si me los estuviera inventando, como si solo hubiesen sido parte de un sueño muy pobre, de esos que apenas se defienden cuando llega la mañana».

 

Como si existiese el perdón

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