Cave scriptorem

No sé cómo empezar sin que se me tache de algo (ni de pensar el adjetivo tengo ganas, porque puede ser cualquiera), y, aunque sé que no soy la única en el mundo a la que le pasan estas cosas, me gustaría defenderme.

Advierto que quienes nos dedicamos a escribir pero somos (y seguramente seremos por los siglos de los siglos) desconocidos aceptamos como «amigos» en las redes a quienes comparten «afición», «vocación», «pasión» o como cada cual considere a la Literatura en su vida. Lo hacemos con la esperanza de informarnos de actos atractivos, presentaciones de libros, voces nuevas…, o al menos ese es mi interés. Me resulta, sin embargo, fuera de lugar, agresivo incluso, que alguien a quien no conoces de nada y del que a veces ni siquiera puedes tener una imagen, pues se esconde tras una foto de perfil donde campan las flores o aparece en primer término la portada de su nueva criatura, te dirija un mensaje privado para pedirte que leas una reseña de su libro o, peor aún, el libro entero. Incluso, conociendo mi dedicación profesional, que debería apresurarme a borrar para que estas invasiones no vuelvan a repetirse, para que le revise un texto que la mayoría de las veces adolece de un mínimo de corrección ortográfica; que desconoce las normas de puntuación (que existen, aunque los neoliberales de la lengua piensen que es solo una cuestión de estilo); y cuyo argumento es descabellado, o aburrido, o manido, o, simplemente, hace que te desesperes en la página 4. Y, encima, que te meten prisa y te preguntan, como el burro de Shrek, si falta mucho para que acabe. Y lo peor de todo es que lo vuelvan a hacer por dos veces sin acordarse de que ya te han utilizado de conejillo de Indias, sin informarse de a quién se están dirigiendo y te digan «he visto que te gusta leer», a lo que, con cierta sorna teniendo en cuenta que tengo varios libros publicados y he participado en innumerables antologías le conteste «sí, y escribir» y reciba una dirección de una editorial (será la suya de cabecera) por si tengo algún manuscrito que desee parir, y, a renglón seguido, la solicitud de que lea una reseña. Que digo yo que lo mínimo es que te enteres antes de a quién le estás encargando la tarea, que igual es más escritor que tú. Pero este es un asunto que dará para otra entrada.

Yo, que siempre he intentado tratar bien a la gente, digo a todo que sí, a pesar de mi advertencia de septiembre de que quería dedicarme a mis asuntos, que en mi derecho estoy, del mismo modo que esos escritores que buscan lectores, correctores y reseñistas gratis (porque, aunque no se crea, por esas cosas se cobra, y un pastón, por una corrección ortotipográfica y de estilo, y más si hay que detenerse en cada línea cuatro o cinco veces, que por menos no pasas la Selectividad según amenazan siempre pero yo no me lo creo) están en el suyo de publicitarse; y, después de atragantarme con su libro, intento dar ciertas recomendaciones suaves, del tipo «sería conveniente que revisaras tal parte», o «imagino que la editorial habrá resuelto ciertas cuestiones tipográficas»…; palabras amables con las que se da a entender que aquello no está en condiciones aún de ver la luz.

Mi sorpresa es cuando te ofrecen un seco gracias y no vuelven a dirigirte la palabra, después de haber perdido un tiempo precioso que ahora entiendo más que nunca que es oro de verdad; o te sueltan que, en realidad, el libro va a salir el mes que viene, ofreciéndome de la editorial que lo ha acogido en su catálogo una imagen bastante lamentable.

No me considero más que nadie. Escribo porque me hace vivir, pero a nadie impongo mis lecturas. Dejo mis enlaces a mis artículos y actividades para quien quiera acercarse a ellas, con la convicción de que no a todo el mundo le interesa el último poema que he escrito igual que a mí no me apetece jugar al Candy Crash. Simplemente observo que esta dedicación a trabajos ajenos (y tan ajenos) me impide entregarme a los míos propios, que no sé si serán más o menos valiosos que los de los demás, pero son los que me completan, y que el tiempo que tengo para leer, que es poco, porque tengo trabajo, familia, citas médicas y sesiones de yoga, prefiero dedicárselo a Borges, por poner un ejemplo. Creo que se me entiende.

Elena Marqués

Cave scriptorem

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