Carta a nuestros *representantos y *representantas (que son tantos y tantas que sospecho que ya son demasiados)

Estimadas y estimados *representantas y *representantos.

Me considero una mujer educada (a la vista está, por el hipocritilla encabezamiento de la misiva) en el respeto a quienes me rodean. Soy de las que aún saludan al vecindario al cruzármelo en el ascensor, a las personas que me encuentro por los pasillos en el trabajo, al empleado o empleada del cine al tenderle la entrada, al pedir un kilo de peras en la frutería aunque luego me las vendan pochas. De las que dicen «gracias» e intentan sonreír así les duela una muela. (Qué mona rima en eco os he brindado porque sí). He estudiado y obtenido excelentes calificaciones pensando en el futuro, en conseguir un trabajo y ser medianamente productiva y aportar mi granito de arena a la sociedad. Nunca he tenido entre mis pretensiones que nadie me mantenga. Me he esforzado por ser una buena ciudadana que respeta las señales de tráfico, que recicla, que no gasta inútilmente agua ni electricidad. Intento seguir educándome, o cultivándome; estar informada para que no me la den con queso. Trato de ponerme en el papel de cada cual, entender a gente que tiene ideas absolutamente contrarias a las mías. Incluso cuando hacen barbaridades, cuando cometen crímenes. Lamento esas situaciones como la que más, pero siempre pienso en los problemas que cada cual acarrea. No estoy justificando nada, no se me malinterprete, soy pacífica cual mariposilla, dulce como la milhoja, sensible como las rosas al sol del verano; pero hay cosas que despiertan el monstruo que hay en mí.

Y he dicho bien: monstruo. Porque, aunque termina con una vocal redonda y rotunda como un pozo que inconscientemente identificamos con el género masculino (el género, concepto gramatical, no sexual, si se me permite la inocente, que no *inocenta, puntualización), es una palabra empleada por Cervantes y Lope y ya recogida así en el Diccionario de Autoridades[1] de Covarrubias, y, como buena parte del léxico que compone nuestro idioma, procedente (no *procedenta, aunque se nos antoje establecer concordancia con la palabra ‘palabra’) del latín, lengua en la que se escribieron las Etimologías de san Isidoro, al que, por cierto, han querido eliminar de nuestro escudo hispalense por ese apéndice de tres letras que lo condena por eclesiástico sin reconocer en él su faceta de erudito polímata (lo que aprende uno/a en la Wikipedia).

Desde pequeña tuve una relación muy especial con las palabras. Supongo que eso viene en el código genético. Yo, cuando quiero, soy cariñosa, y con esos signos construidos a partir de otros más pequeños e insignificantes (bueno, vale, ahí me he columpiado yo concediendo al adjetivo un sentido poco recto), como dice el refrán, «no parto pera», me la hayan vendido pocha o en condiciones de ser comida.

La lengua, mi lengua, nuestra lengua, esa maravilla que comparten millones de hablantes en el mundo; la que ha dado para nuestro disfrute libros como La Celestina o El amor en los tiempos del cólera; ese código insuperable en el que Federico lloró «A las cinco en punto de la tarde. / Eran las cinco en punto de la tarde. / Un niño trajo una sábana blanca» y que igual parece políticamente correcto destrozar añadiendo «o niña» y tirar una de las más hermosas elegías de nuestra literatura a la basura junto a buena parte de su producción teatral por machista a más no poder; ese idioma que ha obtenido 11 premios Nobel de Literatura a una y otra orilla del Atlántico y que puede escribir los versos más tristes esta noche o nombrar al «tigre color de luz, pardo venado / por los alrededores de la noche, /entrevista muchacha reclinada / en los balcones verdes de la lluvia», se merece una mijita más de respeto, no afearlo con terminaciones que no existen y hacerlo incomprensible. Seré muy clásica yo para esas cosas, pues de igual manera me repatean los neologismos innecesarios e intento seguir escribiendo correos electrónicos mientras otros, más modernos, mandan e-mails como locos. Porque a mí me encanta la creatividad, pero antepongo esa función primordial de la comunicación que decía Jakobson y me asusta que acabemos hablando cada uno, o cada una, como nos salga de las partes bajas. Yo misma estuve a un tris de arrancarme las orejas tras escuchar «los jóvenes y las *jóvenas». Y, aunque el mundo siguiera después de eso girando, se me hace que se removieron en sus tumbas Quevedo y Góngora, que, enemigos en muchos asuntos, aquí se avendrían como buenos poetas, que no *poetos, a defender la lengua en que se bandearon tan bien, ese idioma que llevaron a sus más altas cotas de expresividad y de belleza.

En fin, sé que este tema levanta ampollas, y que se desprecia la opinión de filólogos y académicos sin pensar que no es solo una opinión, sino que parte del conocimiento profundo de la materia que se traen entre manos. Una materia que no nace ayer, sino que goza de una historia, nos guste o no. Porque tampoco las palabras brotan de la nada, sino que tienen un origen, a veces remoto, e igual que no se nos ocurre arremeter contra ciertos términos que nombran profesiones como «psiquiatra», «pianista», «periodista», seguramente porque terminan en una complaciente –a; o a quien sufre algún atropello lo seguimos llamando «víctima» y por el artículo conocemos a qué sexo pertenece, no se entiende que palabras igualmente invariables tengan que someterse a esa operación de cirugía antiestética porque da la casualidad de que en ese caso terminan en –o o en consonante. Lo mismo digo para aquellas otras procedentes de un participio de presente, tales como gerente, conferenciante o agente, que tampoco tenían morfema flexivo para indicar el género por su origen verbal, qué le vamos a hacer.

Pero bueno, sé que es una batalla perdida porque la lengua es de todos y parece ser que lo que se pretende con tales invenciones es visibilizar a la mujer, que, no lo niego, es una cuestión loable, aunque se me hace que el esfuerzo mayor habría que realizarlo en educación, una eterna cuenta pendiente; en políticas reales que cambien cifras como esas que nos muestran que el 60 % de las compañías en el mundo no cuenta con presencia femenina en los consejos de administración, alrededor del 50 % no tiene mujeres en puestos ejecutivos y menos del 5 % tiene como presidenta o consejera delegada a una mujer. En eso tendrían que estar pensando, antes que en ensuciar una lengua a la que debían respetar como a su madre (y a su padre, o a sus progenitores, vaya a ser que por eso también me critiquen), nuestros *representantos y *representantas; esos a los que se les llena la boca de *portavozas y *miembras (llenarse la boca de miembros estaría peor visto) y siguen entrando sin poner una queja en el Congreso de los Diputados, donde no sé si tendrán asiento las señoras diputadas, ni protestan cuando, al hablar de sus propias cupulillas organizativas, se les denomina «los barones» de tal o cual partido. ¿No les parece eso una puritita contradicción?

Elena Marqués



[1] He subrayado la palabra para anteponer autoridades de verdad a autoridades que desacreditan algunas de las acepciones del término que se ellas mismas se otorgan, concretamente la tercera y la cuarta del DRAE.

 

Carta a nuestros *representantos y *representantas (que son tantos y tantas que sospecho que ya son demasiados)

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