Calle de los noctámbulos

Que la poeta Anabel Caride (Sevilla, 1972) sea también filóloga y que en esa doble condición escriba unas palabras preliminares a Calle de los noctámbulos, no solo para «justificar» los aires celtas que campan por sus páginas, sino incluso para aclarar su estructura y los títulos de cada parte (el camino trazado desde el sentimiento, tan gallego, de la melancolía, condensado en la brétema, hasta el deambular algo más crápula de su bocanoite), facilita algunas claves de lectura. Aunque las explicaciones se hacen innecesarias cuando el lenguaje resulta tan ágil, actual y cercano: el más adecuado para expresar nuestro mundo. Un mundo en el que los hombres y mujeres de su generación nos reconocemos, en sus referencias musicales y culturales (no faltan alusiones al eterno Silvio, como tampoco al Pali, y a Sabina, y a Serrat) o en esas costumbres inveteradas de todos los jóvenes que alguna vez lo han sido de seguir a sus mitos (léase «Bolboretas»).

Anabel Caride, a quien veo trazar un prólogo-autorretrato en la composición con que abre esta nueva aventura; cuya fuerte personalidad se manifiesta en el uso de la persona gramatical y el empleo de los tiempos verbales, desde el infinitivo con carácter nominal, pasando por el futuro del indicativo como exteriorización de sus deseos de construir, hasta llegar al imperativo, como si a través de sus poemas nos diera ciertas instrucciones de vida, no olvida su faceta de zoon politikón (de hecho, uno de los poemas de Rebuldaina se titula así, aunque esta temática se desarrolla con más fuerza en la segunda parte del poemario), de mujer comprometida con su tiempo. Un tiempo que describe a la perfección en el poema «Terminator 15» y que la conmina a poner los ojos en problemas actuales (léase «Alambradas»; léase el muy triste, a la vez que esperanzador, «Tabula rasa»); a manifestar su opinión sobre la profesionalización de la política (léase, en este caso, «Cuando Hitler murió», o «Senatus populusque»); a denunciar incendios provocados por el interés económico; a, como buena conocedora de los entresijos del sistema educativo, repasar sus eternos desajustes; a reconocer entre sus tareas pendientes «asaltar la Moncloa, / proclamar la república, negar el concordato». A, en definitiva, elevar su voz reivindicativa en versos decididos que retratan el siglo XXI a través de caóticos espacios urbanos aglutinantes de todos los estamentos sociales, donde «esqueletos vacíos de casas sin techumbre / conviven con carteles de franquicias, / trolas de inmobiliarias»; donde la comunicación no existe y se ve sustituida por «amigos por las redes» en «estos tiempos líquidos» definidos por Bauman.

Sin embargo, esa urbe de apariencia inhóspita, esa metrópoli que se extiende a las ciudades dormitorio donde «los perros no recuerdan dónde corría un arroyo», conserva evocaciones y vivencias familiares (ay, esa «Calle Feria»; ay, esas «terribles amapolas del olvido» a las que alude en el poema «Usufructo vitalicio»; ay, esas «Abuelas», «magnánimas criaturas que restauran el mundo») que se completan con referencias a la vida cotidiana del barrio humilde donde no falta «la ropa amontonada esperando un océano / de espuma para peces». Ese tipo de menciones humaniza los espacios y descubre lo genuino, que es algo que Anabel Caride aprecia y persigue en cada uno de sus versos pues «solo lo que es auténtico se dona para siempre».

Por eso, sin pelos en la lengua, sin pararse a pensar si términos como «urbanita», «mollete» o «cultureta» (lo que ella misma denomina en otro de sus versos «mi jerga proletaria») resultan elegantes o pueden molestar a ciertos oídos críticos refinados (como si ambas palabras, «crítico» y «refinado», tuvieran la obligación de permanecer encadenadas), y siguiendo la recomendación del mexicano Enrique González Martínez, Caride le tuerce el cuello al cisne de una poesía con la que no comulga y actúa en perfecta libertad, siguiendo su propia necesidad expresiva, retratándose en cada sección, describiéndose y describiendo la actualidad sin abandonar la esperanza de los gestos sencillos («los artistas que legan himnos para quererse, / las madres que levantan el mundo / aunque nadie se inmute»), que son los que en verdad significan y construyen. Tampoco renuncia a la esperanza de que el paso del tiempo mejore algunas cosas por la vía del sentimiento, que «solo quien ama tiene un dios verdadero» y «quien ama / nunca olvida volver». Y hay mucho amor vertido en estos versos construidos para la noche del corazón.

Su estilo, reconocible en otros poemarios, se desenvuelve, pues, en acertadas y acumulativas aposiciones de sintagmas nominales que recuerdan, en cierto modo, al impresionismo pictórico, transido de cierto matiz irreverente y una fina ironía para su vertiente más crítica (no se pase por alto su «Yo quiero ser ministra de Cultura»). Aunque a veces, por qué no, el empleo del humor no tiene más función que hacer al lector esbozar una sonrisa ante costumbres inveteradas, pero absurdas, como esas que retrata en «Apología del Almax».

En cuanto a la cuestión métrica, Caride apuesta por un verso libre donde impera el ritmo de perfectos endecasílabos y alejandrinos en combinación con heptasílabos que actúan como pie quebrado, especialmente al final de los poemas, que suele ser rotundo, contundente. Esa versificación medida hasta en los más mínimos acentos trasluce su amor por la música, pero sobre todo por la poesía clásica como «Bálsamo de Fierabrás»; por la Literatura con mayúsculas que le hace rendir homenaje al árbol más célebre y sentido, al olmo machadiano en el poema «Arde Pontevedra», de reminiscencias becquerianas; por la Literatura que se refugia en la «Biblioteca» borgesiana como un nuevo y promisorio Babel que todo lo contiene.

Es difícil quedarse indiferente con la lectura de esta poeta sevillana que nos hace deambular, como lo hiciera el gallego Valle-Inclán (ella también lo es, por afinidad y por amor), por el esperpéntico Callejón del Gato, por esta particular Calle de los noctámbulos que retrata una sociedad más sevillana que norteña donde también la bohemia de Baudelaire campa por sus fueros. Por eso, desde esta ventana que da paso al otoño, yo os invito a beber y brindar por ella. Y, por supuesto, a disfrutar de sus versos.

Elena Marqués

Anabel Caride (Sevilla, 1972) filóloga y profesora de instituto, es autora de los libros de poemas Nanas para hombres grises, Tinta en el almanaque, Allanamiento de morada y Lloverá sobre tu nombre. Además de colaborar en distintas revistas, ha sido finalista del X Premio de Narrativa Miguel Cabrera, jurado de diversos premios literarios; y figura en antologías como Los vicios solitarios, Poesía viva de Andalucía, Poetas en el camino, Femigrama, Poetas para el siglo XXI o Poetas andaluces contemporáneos.

Calle de los noctámbulos

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