Calcomanías

En ocasiones el destino llama a tu puerta, o a la ventana del Messenger, y te ofrece la oportunidad de detenerte. Es lo que me ocurrió hace unos meses, cuando contactó conmigo José de María Romero Barea y puso en mis manos su última obra.

Editada por Ediciones Alfar y perteneciente a la serie de novelas Interrupciones, Calcomanías se inserta de pleno derecho en lo que catalogaríamos narrativa de la posmodernidad. Obra polifónica donde el discurso dialógico se rompe y la temporalidad deviene «presente continuo» que «reconforta y oprime, a partes iguales» (nos anclamos, si esa palabra es factible aquí, a «la condición espacial y temporal del aquí y el ahora»), en sus ocho capítulos o fragmentos poéticos construidos y dispuestos técnicamente a modo de collage asistimos a un cúmulo de «momentos», algunos de un pasado común de los protagonistas enfilando, «en la edad de la despreocupación», la esperanza de la posteridad, que, entrelazados o superpuestos, dan pie al fluir digresivo de la conciencia de los distintos narradores (incluyendo una niña de 3 años y un hombre muerto), no sabemos hasta qué punto trasuntos del autor.

Las voces de Calcomanías son en su mayoría de artistas (o anti-artistas) en busca de. Posiblemente cubrir una necesidad. O matar el tiempo. O un medio útil y completo de expresión. O lamentar un mundo desaparecido. O contestaciones a sus dudas (algunos ignoran que «no es dado expresar la respuesta, y por lo tanto, no procede la pregunta»). Mejor aún: la salvación. Quién sabe lo que cada uno espera del arte. Quizás un espacio de ensimismamiento, o una «Zona de arribo» (así se llama el primer capítulo), que puede que no exista porque todo fin es un punto de partida y el objetivo es precisamente detenerse sin que nada suceda (no existe en este libro trama que podamos resumir en un párrafo), «percibir y ser percibido», sin prejuicios ni límites, como la niña Sonora. Mostrar lo que no se puede decir, «lo que no se puede traducir en palabras». Esas que «no logran el propósito de la creación, su deliberación formal sobre el significado».

Situado en Maravilla, ciudad imaginaria y simbólica, cuasi mítica, que es literaturización de esa en la que vive el escritor pero también un no lugar y cualquier sitio dentro de un cuadro o un poema (como Cortázar, Romero afirma «La foto es el relato», pues solo es la punta del plurisignificativo iceberg donde confluyen todos sus sentidos posibles), hay en este texto que reflexiona sobre su construcción mucho más que imagen, mucho más que écfrasis, descripción emotiva e interpretación. Se desenvuelve entre música y color, movimiento y silencio, realidad y literatura, aromas y danza, metaliteratura (protagonista indiscutible, especialmente en «Cáscara», en un tono no exento de ironía) y qué. De ahí las sinestesias, de ahí que los cuadros se escuchen y la vibración del sonido se palpe, que se describan rotundas arquitecturas arbóreas o laberínticas profusiones de Chirico y que las terminologías de las distintas disciplinas se mezclen como en la paleta de un pintor no precisamente novel, y el análisis del todo y las partes se haga filosóficamente concienzudo para dibujarnos una cartografía de la memoria (el poema «Camino», se dice a pie de página, no es sino «la remasterización de un recuerdo») para diseccionar la posibilidad de cada hecho y su realización, pues «lo que puede suceder acaba sucediendo». Al menos en la anchura de los libros, en lo inconmensurable de la ficción.

En efecto, el tema de la memoria, su recuperación y construcción a partir de situaciones en apariencia triviales («la anécdota funciona como texto y pretexto»), es clave en todo el libro (no en vano uno de sus capítulos se titula «La memoria ausente» y en «Cáscara» nos repite que la memoria no da resuello), en especial en «Dije digo», que vuelve al pasado para recrear distintas imágenes estáticas (la azotea donde Poli escribía sus poemas) y lanzarnos la eterna pregunta de hasta qué punto fiarse del recuerdo; si no es invención como la misma vida, como este libro que hace de sus páginas un lugar real, un recinto cerrado para la ficción («una ficción continua que parece no tener fin»), la quimera, la alucinación (voces de ese cariz también circulan por la obra, pues «El relato es espacio para habitar como fantasmas»), varadas con firmeza por el milagro inconsistente de la palabra.

Romero Barea no quiere, no necesita que entendamos («ni falta que hace», nos consuela en el segundo capítulo), sino que nos emocionemos, que experimentemos con él este insólito recorrido sensorial a lo Robert Walser; que presintamos (hay un perpetuo augurar lo fatal en todo el libro) y sintamos a través de su lenguaje experimental y sus atrevidos procedimientos textuales, de esa poética que comparte con nosotros a lo largo de toda la obra.

Es difícil entresacar del texto una oración, un párrafo que lo represente. Todo él es un homenaje a la creación y Romero Barea se erige en maestro indiscutible de algo que no puede definirse. Desde luego que con él «La escritura desafía sus propios límites», vaga en completa libertad.

Por eso catalogar lo que nos traemos entre manos como novela puede ser un error. Conformémonos con decir que se trata, por fin, de Literatura. O Arte, pues no solo hay palabras en el texto y a veces es más importante lo que se calla.

Que «La escritura es una forma de ser y existir» («Escribo: soy, estoy», reincide en «Paréntesis») algunos lo tenemos claro. Que es un «Camino» (como el poema de Poli en «Zona de arribo», «algo definitivo a lo que asirse») y que su compañía nos ayuda a hacernos corto el viaje. También que escribir no es sino reescribir (no necesariamente el Tractatus de Wittgenstein), que «la vida deja rastro» (¿este libro?), y «Sumergirse en él (en el relato) es un fluir y un transformarse».

De esta lectura nadie puede salir incólume. A ella, desde estas humildes líneas, os invito.

Elena Marqués

José de María Romero Barea es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Además de Poesía (qué si no)Un mínimo de racionalidad un máximo de esperanza y Europa aplaude, es autor de la serie narrativa Interrupciones, que abre con Hilados Coreografiados y cierra con Calcomanías.

Romero Barea ha traducido a Curtis Bauer, Jeffrey Thomson y Gerald Stern. Es crítico de narrativa, poesía, ensayo y novela gráfica y ha sido coordinador de múltiples jornadas. Colabora con sus reseñas, entrevistas y traducciones en publicaciones de ámbito nacional e internacional.

 

Calcomanías

No se encontraron comentarios.

Nuevo comentario

Los libros que leo

El padre-hijo (de Sharon Olds)

Nunca me he atrevido a reseñar a Iván Onia. La razón es bien simple. No hay que leer lo que alguien, sorprendido e incapaz de transmitir mínimamente la punta del asombro, dice sobre Iván. Hay que leer a Iván, cada uno de sus libros. Hay que escucharlo. A mí me gusta verlo en directo, con su acento...
Leer más

No entres dócilmente en esa noche quieta

No sé si adentrarse en un autor con tan larga trayectoria a partir de su última publicación sea lo más adecuado. Ignorar su obra anterior, la que lo ha conducido hasta aquí, priva de herramientas para conocerlo, para contextualizarlo, para analizarlo. Sin embargo, sospecho que este No entres...
Leer más

El loco de la calle

Con Sevilla como protagonista, inmortalizada en un barrio popular en torno a una inexistente pero simbólica plaza Cervantes (quién sino el creador del más insigne cuerdo de la literatura para presidir estas narraciones) que se extiende, como un pequeño y universal microcosmos, bajo un mismo cielo,...
Leer más

Keith Landdon. Memorias no autorizadas

Entre las últimas novedades literarias, donde siempre se cuela algún texto primerizo que jamás debería haberse publicado, he tenido la enorme fortuna de encontrarme con Raül Vaca Rey y su Keith Landdon. Memorias no autorizadas; una novela sincera, innovadora, arriesgada, tanto en su formato como en...
Leer más

Ai(m)ée

Tras la imagen del mudo grito que preside la cubierta del libro, diseñada por el mismo Florencio Luque quién sabe si para retratar a la protagonista de este poemario, se reproduce el quejido en sí de la voz poética: un soliloquio ante el oído del psicoanalista en que el lector quisiera convertirse....
Leer más

Secreta luz

Treinta poemas. Treinta poemas bastan para comprobar que Victoria León no solo domina la poesía y conoce la tradición poética (el ritmo clásico de endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos, así como las referencias a Dante en el título de uno de los poemas, más otras alusiones grecolatinas en...
Leer más

Los ojos vendados

Con Los ojos vendados inicio mi aproximación a la escritora estadounidense Siri Hustvedt. Se trata, además, de su ópera prima, publicada en 1992 y reeditada recientemente por Seix Barral. De hecho, algunos elementos con los que he tropezado en su lectura me parecen un poco bisoños (detecto cierto...
Leer más

El año de la luna azul

Tras Cartas a Siracusa (Arcopress, 2015), Lucía Feliu regresa a la escena literaria con un nuevo thriller que nos sumerge en una acción trepidante desde las primeras líneas. De hecho, comienza Feliu la narración in media res, en un punto especialmente intrigante en el desarrollo de la historia,...
Leer más

La memoria donde ardía

Aunque la cita de Antonio Porchia «Quien ha visto vaciarse todo, casi sabe de qué se llena todo» precede al primero de los cuentos de La memoria donde ardía (Páginas de Espuma, 2019), bien podía servir de frontispicio al corpus completo del último libro de Socorro Venegas; un volumen atravesado por...
Leer más

Áspera seda de la muerte

Que vamos a adentrarnos en una «historia sobre mujeres» lo anuncia el escueto preámbulo con que se inicia el último libro de Francisco Gallardo, Áspera seda de la muerte, obra con la que obtuvo el XXI Premio de Novela Ciudad de Badajoz, así como que se nos recluirá en un espacio amurallado (buena...
Leer más