Bajamares

Por una vez voy a empezar por el principio: por los paratextos que anteceden esta alucinante y alucinada Bajamares de Antonio Tocornal. Porque si las citas de Rulfo y Cristóbal Serra nos sugieren que habremos de sumergirnos en un tiempo y en un espacio profundamente oníricos, la de Francisco de Rioja nos conduce a los aledaños de una agridulce y añorada soledad.

La cosa es como sigue.

En un islote inhóspito frente a las costas de Malamuerte, ocupado por un cementerio poblado de marineros ahogados, lagartos verdes, piedras oscuras y matas de jara, se levanta un faro preventivo de naufragios. Allá, a ese peñón abandonado de la mano de Dios y de los hombres, que, a la manera romántica, resulta un huraño trasunto del protagonista, se traslada este por propia voluntad, para hacerse cargo de un puesto que nadie quiere. En compañía de un perro tan irreal como él mismo y de reptiles de apariencia antediluviana y boba actitud, crea su economía de supervivencia, basada en la pesca, que allí es abundante, y en poco más. Se limita a cumplir con sus obligaciones de encender y apagar el faro y mantenerlo. A prender una luz que evite los naufragios exteriores, que de los interiores ya quisiera estar curado. Y, en esa huida de sí mismo en busca de todos los yoes posibles, nos da cabal cuenta de los cambios y las muescas que deja el tiempo en el propio cuerpo (las huellas del envejecimiento, las distintas sensaciones, los sonidos, los olores, todo queda descrito con técnica y estilo magistrales, con un lirismo que fluye con naturalidad), junto a las mínimas transformaciones de ese roque imaginado cuyos caminos se construyen y se borran con el mero deambular del farero y la constancia de las mareas.

Con una voz potente y eminentemente poética, o varias voces más bien, pues a la del farero se unen la del barquero que lo aprovisiona para, junto a la del narrador omnisciente, ofrecer la visión de ese yo desde fuera, más algún que otro documento oficial que deja constancia del paso por la tierra de este hombre tan peculiar (no olvido el lamento de la madre muerta, descuidada de su propio hijo e informadora, en una desasosegante transcripción del fluir de su consciencia, de un pasado que explica tantas cosas), Tocornal nos relata la vida de un hombre que rompe las ataduras con la sociedad para confirmar su sencilla escala de valores (léase el principio de «Voz del guardafaros - 2»); su concepto de ¿felicidad?, basada en un sincero y desacostumbrado desistimiento (él solo es rico en tiempo y en posibilidades); y, por qué no, para inventar su propio mundo. De hecho, en más de una ocasión, en un interesante juego metaficcional sobre el acto creativo, se hace referencia a ese talento divino de hacedor doméstico. Quizás como el autor de este libro, capaz de inaugurar con la palabra, homenajeada no solo en la enciclopedia que se descompone en la casa del farero, prácticamente su contacto único con el lenguaje, sino en las letras labradas en las tallas de ballenas lanzadas a todos los puntos cardinales, el mundo palpable, aún innombrado y siempre único, de la literatura: un constructo de posibilidades infinitas, un espejo en el que sumergirse y traspasar el filo inconsistente de la realidad.

Porque, en ocasiones, en ese intento de profundizar en su interior, sueño y vigilia se le confunden al farero, del mismo modo que se le embarullan las horas del día y de la noche en ese tiempo detenido o cíclico de la vida cotidiana con el que definía Bajtín el cronotopo, donde «no existen acontecimientos, sino, tan sólo, una repetición de lo "corriente" [...] y, por eso, parece que [el tiempo] está parado», y por eso mismo, como confirma el guardafaros, «de nada sirven los relojes si cada hora es la misma».

Plagado de símbolos plurisignificativos y eternos presididos por un ojo de cristal sin párpados y esas palabras-ballenas que el azar bien podría reunir en una cambiante y efímera composición surrealista (a eso me ha recordado tal acto poético, a la posibilidad bretoniana del encuentro de dos palabras que nunca hubieran coexistido juntas); de juegos de contrarios, pues cada hecho puede ser contado desde su lugar o incluso desde las antípodas de ese no-lugar, el texto se desliza en breves capítulos que narran el paso de una vida ¿insignificante? y monótona (él mismo considera que haberse convertido en nadie es su mayor logro) ensimismada en su libertad, en su silencio y en la repetición ceremonial de ritos, en esos sucesivos actos cotidianos descritos con una pulcritud inigualable, desde sus micciones y deposiciones al gráfico proceso de freír un huevo.

Destaco, en esa transcurso de horas y de hechos que es la vida, la presencia del miedo o, más bien, porque no existe temor o prácticamente manifestación de emoción alguna en el farero, que todo lo acepta sin aspavientos, la resistencia al desenlace, la continua postergación de los actos, pues, cuando algo se cumple, cuando se abre la botella y se lee el mensaje que contiene, cuando se quiebran ciertos límites (cuando se cruza la lámina del espejo), las posibilidades y el futuro dejan de existir abatidos por el poder absoluto de la entropía.

De ahí el inmovilismo del protagonista (su deseo de estatismo es lo más parecido a la pulsión de muerte), quien, como el ojo rescatado del interior de un pez, se mira y se escruta a sí mismo y emprende un necesario viaje interior en el que espera divisar la espalda de esa ballena de reminiscencias melvillianas sobre la piel del mar para rescatar y/o vencer sus monstruos escondidos (el padre muerto con su olor a pescado y podredumbre, el gemelo desgajado y recuperado en el pozo del sueño). En definitiva, para recomponer los múltiples fragmentos que, como un gran rompecabezas, lo conforman («porque todos nacemos siendo ruinas, cascotes disgregados que hay que numerar y combinar e intentar que encajen entre sí», nos recuerda); para encontrarle o devolverle a la vida su sentido, que para él se resume en el roce con las pequeñas cosas, en el simplemente existir y dedicarse a la infinita lectura de la línea del horizonte. Para construir y gozar de su propio paraíso. Para regresar al origen, al espacio prenatal. A la paz.

Elena Marqués

Antonio Tocornal (San Fernando, Cádiz, 1964) cursó estudios de Bellas Artes en Sevilla y luego se trasladó a París, donde vivió siete años (1984-1991). En 1992 se instaló definitivamente en la isla de Mallorca. En 2013 publicó su primera novela, La ley de los similares (Editorial Dauro). Ha sido finalista del XLVII Premio Internacional de Novela Corta «Ciudad de Barbastro» y ganador, entre otros, del XXII Premio de Novela «Vargas Llosa», con La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie (Aguaclara, 2018); el XIX Premio de Novela Corta «Diputación de Córdoba», con Bajamares (Ediciones Insólitas, 2020); y el Premio Valencia de narrativa en castellano, que concede la institución Alfons el Magnánim, con Pájaros es un cielo de estaño (Versátil, 2020).

 

 

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