Aunque pensemos como Celaya

La entrada en un nuevo año siempre resulta ilusionante. No pregunten por qué, pero tendemos a celebrar un simple giro en el calendario como si fuera a traer la solución definitiva a nuestros asuntos. (Léase al respecto el primer poema de este libro que pretendo reseñar). Pero en esta ocasión el cambio de década ha sido devastador. La pandemia ha acentuado la crisis que llevábamos sufriendo y, en contra de las tontunas iniciales («saldremos fuertes, saldremos mejores»), nos hemos vuelto más insolidarios, más pobres, más descreídos, más ásperos, más agresivos, más extremistas. Más feroces. Porque, como reza la primera sección del libro de Tirso Priscilo Vallecillos del que voy a hablar ahora, «Está el mundo como para callarse».

Desde luego, la cita que sigue a ese título, de Antonio Orihuela, a cuyo cargo corre el prólogo de la obra (excelente, todo hay que decirlo), no puede ser más significativa y cierta: «Cada vez veo más gente / con una venda / en los ojos. / Incluso he visto gente que, / habiéndosele movido un poco / se la vuelve a colocar correctamente». No negaréis que esas pocas palabras definen mejor que todo un tratado de sociología nuestra situación silenciosa, conformista, anestesiada, uniformada, inmóvil, insensible (ay, ese poema «Piel de estropajo»), insegura (ay, esa «Caperucita roja»), incluso fatalista. La venda del individualismo como una de las características de nuestra terrible contemporaneidad. Y, en su versión más personal, la soledad.

«Estamos solos, desnudos de esperanza, solos».

O eso es lo que quieren que pensemos.

Por ello, la ferocidad anunciada en la cubierta se expande en una voz desbocada, narrativa (léase la sección V, que muestra unas escenas superpotentes; léase «A mi madre le salen las hijas por los pasillos y por las bocas de los ascensores»), crítica (léase de nuevo el poema anterior), sarcástica, inteligente y lúcida, a veces paródica (léase «Taxonomías», cuyo final no me resisto a reproducir: «Y luego están los niños que no tienen cuchara / los niños que no tienen lentejas / y de los que no se ocupa nadie»), e incluso alegórica y/o dramática (a sus recursos dialógicos me refiero), que en ocasiones se torna repentinamente tierna (me imagino a ese «niño frente a un televisor Telefunken» con sus «ojitos de peta zeta», acompaño al maestro de «Jubilación anticipada»). Por ello esas repeticiones como quien grita (los paralelismos, las anáforas, base del poema «Juramento» por razones obvias; también los adjetivos calificativos, que se suman sin fin, intentando que el grito, por definición desarticulado, se entienda), ese explayarse en comparaciones caseras, en términos agresivos, en cierto prosaísmo que no es tal, sino el mejor modo de mostrar el descontento y despabilarnos los ojos («Miradas, pestañas, conciencia») con la ilusión de que terminemos abriendo la boca y recapacitando sobre si la pared del mundo que hemos creado tiene que ser por cojones azul. Con la esperanza de que abandonemos nuestra «concepción lentejocéntrica».

No diré que sopla en este texto un aire manriqueño de «cualquiera tiempo pasado / fue mejor», pues incluso en un momento dado la voz poética se siente «un nostálgico del futuro» y, si pudiera volver atrás, entre cylon y humano, se pediría cylon; pero, desde luego, la realidad que dibuja, en la que la destrucción de los océanos, el calentamiento global, las colas del hambre; en la que los desahucios, en la que las fobias (pónganse los prefijos que se quiera), en la que los políticos de mierda; en la que se calla la pederastia de los sacerdotes, no se conceden ayudas suficientes para el cuidado (la tercera parte del libro, «La subnormal y compañía», es demoledora), los inmigrantes mueren en el mar; en la que hay más violencia que en una película de chinos, es para bajarse del carro. Sí, este mundo, en el que «Vemos muertos, pero reaccionamos como si fueran / simples reflejos». Reflejos en una pantalla. Una pantalla aísla mucho. Te iguala lo real y lo que no lo es. «Cada vez lo tengo más claro: las noticias se han convertido / en el telediario en una película de ciencia ficción».

Gracias a Dios, o a los dioses, o a que lo último que se pierde es la esperanza, Tirso Priscilo Vallecillos cierra el libro con tres poemas bastante más alegres, «Bombas de racimo», «Cambiar el mundo» y «Noticiario», no sin antes recomendar (dudo de que sea el verbo adecuado), siguiendo en esta ocasión a Claudio Coelho, el «Sueño como imperativo vital, no como acto poético». Porque, aunque de verdad pensemos, como Celaya, que la poesía es un arma cargada de futuro, que «solo con este poema [o yo con esta reseña] / acabamos de cambiar el mundo», más nos vale lanzarnos a las calles e intentarlo.

Elena Marqués

Tirso Priscilo Vallecillos (Motril, 1972), diplomado en Ciencias Humanas, filólogo, antropólogo y máster en Escritura Creativa, trabaja como profesor y asesor de formación. Ha publicado los poemarios Subway (Ediciones en Huida, 2015) y Viejos (Huerga y Fierro, 2018); el conjunto de relatos Libro de Cocina Tradicional Caníbal (Ediciones en Huida, 2016); el libro de aforismos Homo pokémons (Trea, 2017); las plaquettes  Escribir (Las hojas del Baobab, 2017) y Noticiario (Diverso, 2018); el libro híbrido Cartografía urbana del deseo (Ediciones en Huida, 2018); la novela El discurso (Baile del sol, 2019), y el álbum ilustrado para niños El niño de los zapatos rojos (A Fortiori, 2020).

 

Aunque pensemos como Celaya

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