Ara, como el río

En abril de 2018 tuve la suerte de acompañar a Charo Jiménez en la presentación de su segunda novela, que un año después alcanza la tercera edición. Se trata de la respetuosa ficcionalización de unos hechos reales y muy cercanos que no están ni siquiera cerrados todavía; un relato sobre la injusticia y la sinrazón, lleno de rabia y atropellos, pero también de entereza y heroísmo, de dignidad y resistencia, de fortaleza y amor por la tierra. La autora conoció la historia de Jánovas en un viaje que era de placer y se le convirtió en un dolor compartido, al que decidió dar cauce literario para concederle la cualidad de lo eterno y salvarlo del olvido. Quizás porque se sentía responsable de su propia suerte de vivir sin la amenaza del destierro y es como si necesitara devolverle, a Jánovas, algo que le hemos arrebatado entre todos por el hecho de ignorarla durante años.

La cuestión es que este pequeño pueblo del Sobrarbe aragonés era apenas un incordio en el mapa para un proyecto de pantano que jamás llegó a realizarse; pero que supuso para los habitantes de aquel edén a orillas del río Ara la expropiación de sus tierras y el bombardeo, casi literal, de sus hogares, como si aquella guerra que vivieron y de la que escaparon en el año 1938 se reprodujera de nuevo para hacerles ver que el enemigo estaba incluso más cerca que entonces. Y que era igual de despiadado.

Lo primero que nos encontramos en este libro es a unos héroes anónimos, de carne y hueso, que, tras vivir un primer destierro a través de los Pirineos, buscar refugio en Francia, conseguir de algún modo rehacerse y tomar la difícil decisión de volver, se ven de nuevo «invitados» a marcharse de su paraíso de la infancia. Pero esta vez resuelven presentar batalla y plantear su propia resistencia numantina como símbolo del carácter aragonés y el amor inquebrantable por la tierra.

Es entonces cuando se entabla «la guerra del pantano»; una guerra desigual que uno de los habitantes de Jánovas describe perfectamente como el enfrentamiento entre David y Goliat. Sin embargo, solo podemos conocer de manera directa a uno de los bandos, al de las víctimas, al pequeño contrincante que se limita a blandir su honda mientras la otra facción se ampara en decretos y documentos de compraventa, en apariciones de la Guardia Civil con órdenes que ellos no están dispuestos a acatar.

La «guerra del pantano» es, entonces, una guerra judicial que nos presenta a uno de los más importantes personajes de esta historia, quizás el protagonista, esa entelequia denominada Justicia o más bien su opuesto, pues una de las escenas más duras es aquella en que nuestros héroes son condenados a multas y cárcel por el simple hecho de tratar de defenderse y buscar solución a la falta de escolarización de sus hijos. Eso sí, a pesar de los continuos contratiempos que tienen que enfrentar las dos familias protagonistas durante décadas, a lo largo de la novela sentimos el orgullo de acompañarlos en el verdadero heroísmo que significa luchar aun sabiendo que la batalla está perdida de antemano, que es a lo que estamos abocados pues esa es en el fondo la existencia: una lucha por conservar lo que fundamentalmente todos perderemos. Y esto lleva a la autora a preguntarse: «¿Cuánto vale una vida? ¿Qué precio por la tierra de los antepasados, la escuela, el agua del río, las tumbas del cementerio, las huertas, los fenales, los chopos […] el caminar de los pastores por los montes, el sudor de los campesinos, las risas y las lágrimas, la solidaridad, las ilusiones, los recuerdos, los planes de futuro…?» (63-63).

Quizás por ello Jiménez se detenga, más que en ofrecernos la realidad documental de la historia, a la que, por supuesto, también guarda fidelidad, en recrearnos la atmósfera de lo verdadero, con recursos pictóricos y cinematográficos y con la música del Ara siempre presente como símbolo y como realidad; ese río de aguas turquesas y salvajes atravesado por un puente (de nuevo tan real como simbólico) que, más que unirlos al resto del mundo según la función de todos los caminos, los aísla en su lucha en soledad.

Poco más tengo que añadir, salvo que todo esto lo cuenta la autora de manera muy directa a través de las voces de sus personajes, cuajadas de localismos que remiten a la vida sencilla dedicada a la tierra y a la familia; voces cruzadas para representar, a través de continuos diálogos y reflexiones individuales, al gran personaje colectivo de esta obra coral que es el pueblo de Jánovas, que cuenta, gracias a Charo Jiménez (eso queremos creer), con una segunda oportunidad para seguir haciendo historia.

Elena Marqués

Charo Jiménez (Sevilla, 1961) es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y ha sido profesora durante más de veinte años. Por circunstancias ajenas a su voluntad, se ve obligada a abandonar las aulas en 2007 y, tras un periodo de adaptación, escribe su primera novela, Trampantojo, que publica en 2015 con la editorial Triskel. Ara, como el río, es su segunda novela.

 

 

Ara, como el río

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