Aquella edad inolvidable

A Ramiro Pinilla llegué por indicación de uno de mis escasos lectores (gracias, Enrique) a través de Las ciegas hormigas. No voy a hablar aquí de ese libro épico, refrendado por el Premio Nadal y de la Crítica, en el que el azote del temporal y su consecuente naufragio dan pie a una historia de diminutos y silentes héroes en busca del pan y del carbón. Es una obra demasiado grande como para que pueda decirse nada más de ella y recomiendo, simplemente, lanzarse al abismo de leerla. Sí me atrevo a reseñar este otro, Aquella edad inolvidable, simplemente porque acabo de cerrar la última página y me ha sorprendido que yo, que no sigo la liga ni mucho menos conozco la alineación del Athletic de aquellos años en que ganó la Copa para desgracia del Caudillo, me he sumergido en él con una facilidad asombrosa. También porque este escritor poco conocido por estos lares acaba de fallecer y es buen momento para colocarlo en el lugar que merece.

El argumento es en apariencia simple. Un joven albañil de Getxo es descubierto y fichado por el Athletic de Bilbao para satisfacción de su padre y alivio de la maltrecha economía familiar. El sustancioso contrato que firma con el club vasco lo lleva a planes de boda con una muchacha que acude todas las mañanas a su casa a venderles la leche. La gloria parece rozarlo al meter el gol del triunfo en la final del año 1943, y del mismo modo caprichoso lo abandona tras una violenta entrada de un jugador contrario que lo lesiona para siempre. Por ese motivo decide abandonar a la muchacha, para que no corra la suerte de la pobreza, y se dedica a ensobrar cromos, una de las pocas tareas que puede realizar sentado.

Souto Menaya se convierte en un hombre patético incapaz de asumir su desventura. Después de tenerlo todo a su alcance, debe renunciar a una felicidad de relumbrón. Y por mucho que su novia, Irune, se empeñe en recuperarlo, el joven se siente humillado e indigno; mucho más cuando descubre, entre las estampitas que debe envolver para ganarse unas míseras pesetas, su propio rostro inútil en una alineación que ya no le pertenece.

Los personajes que deambulan por estas páginas no son muchos, pero todos ellos están vivos y hablan con voz propia, con la excepción de Socorro, la madre de Souto Menaya, que, al perder a su otro hijo en un desgraciado atropello, persiste en un elocuente silencio que todos, incluso el lector, aprenden a interpretar.

Pero, si bien perfilados están los hombres (será porque el fútbol era entonces eminentemente masculino y pocas son las mujeres que se asoman a estas páginas) que pasean por ese paisaje vizcaíno que Ramiro Pinilla convierte en mito, desde los humildes pobladores de la taberna a los que enchaquetados directivos del palco de San Mamés, mayor maestría muestra en el trazo formal de la escritura, atinada y directa, rica pero concisa, como si la rudeza del paisaje y de la historia le transmitieran a cada frase la escueta fórmula de la amargura.

Se dice que en un relato las frases han de tener las palabras justas y medidas mientras la novela se permite divagar y decaer incluso en un esfuerzo estilístico difícil de mantener durante tantas páginas. No es el caso de Ramiro Pinilla. Cada oración es una obra de exquisita orfebrería que da justo en el blanco. Nada sobra ni nada falta, y a veces nada cuenta que avance; pero consigue que nos traslademos a los años cuarenta en una España que acababa de cerrar una de sus etapas más dolorosas sin superarla, un país donde el problema vasco permanecía latente y para el que las batallas imposibles de libraban en el césped.

No debería añadir más ni desvelar un final que se intuye desde el principio, pero no me resisto a anunciar que lo que se adivina como una frustrada historia de amor y desesperanza se convierte en un canto a la dignidad difícil de entender en los tiempos que corren.

 

 

Ramiro Pinilla (Bilbao 1923-Baracaldo 2014) se dio a conocer en los años sesenta con Las ciegas hormigas, ganadora del Premio Nadal y del Premio de la Crítica; pero, tras ese comienzo exitoso, decidió publicar sólo en pequeñas editoriales durante más de treinta años. Autor de las novelas La higuera, Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera y Sólo un muerto más, la excepcional trilogía Verdes valles, colinas rojas lo reafirma como uno de los grandes escritores contemporáneos.

Aquella edad inolvidable

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