Animales del parque

Animales del parque, segundo libro de cuentos de Mila Guerrero, se inicia con unas palabras preliminares de la propia autora sobre lo que habrá de venir. Y, si bien nos avisa de que hablará de padres y madres, de las angustias y sinsabores (junto a, también, la extrema felicidad, todo hay que decirlo) que ese cambio en la estructura familiar aporta a mujeres y hombres, y, en efecto, a ello dedica buena parte de estos relatos, hay otros estupendos, como el que inicia la antología («El regalito») o «Game over», en los que asume el desafío de adoptar la voz de un narrador-niño. Y he de decir que de ese difícil reto de mirar las cosas con perspectiva infantil en una enrevesada y realísima combinación de inocencia y egoísmo, de puerilidad e ingratitud, sale absolutamente airosa.

Porque el retrato que hace de esos humanos de baja estatura pero alto grado de crueldad es, a mi modo de ver, acertadísimo, hasta el punto de que consigue asustarnos, y lo que venía siendo solo una pequeña anécdota (es el caso, por ejemplo, del cuento «Me encantó») se transforma en una historia de terror, a cuya puerta nos deja precisamente en la última frase, como al pie del abismo. Un abismo que es absolutamente real y nos enfrenta a los muchos fallos que cometemos en la educación de nuestras criaturas hasta convertirlas en tiránicos monstruos. En el niño mimado y ensimismado que ni siquiera contesta a un simple saludo, que consigue siempre lo que quiere. En el hijo que, como en el mito de Saturno, pero al revés, devora a su padre aprovechando su debilidad. En alguien capaz de odiar por encima de sus posibilidades.

Así que, detrás de estas anécdotas cotidianas de las que parte en cada una de sus narraciones, un desgraciado accidente en el colegio, una reunión de domingo en «La Malpica», la madre que espera al marido para salir a dar un paseo (fantástico, por cierto, en ese relato cómo retrata ciertos estados de ánimo, sus cambios repentinos porque sí; cómo dibuja los estragos de la maternidad en el cuerpo; cómo pinta del natural y no de las revistas Mi bebé o Eres mamá), subyace siempre una crítica a esta sociedad en la que nos movemos, hipócrita, tradicional (Meli, la protagonista del cuento que da nombre al libro, explica, refiriéndose a la separación de los padres de Román, que «ella, como madre, aguantaría lo que fuera con tal de mantener la familia unida»), machista (es cierto: los hombres no salen muy bien parados en estas páginas, se retratan chapados a la antigua, poco colaborativos, a lo suyo y nada empáticos; menos aún implicados en su papel de padres), individualista, proteccionista y todos los istas que queramos añadirle, y aún nos quedaremos cortos. Nadie sale indemne de ella (de la crítica, digo), desde los médicos poco atentos a la ansiedad materna (aunque, objetivamente, yo me pondría de parte del galeno. Pero, claro, ¿cómo no nos vamos a acongojar con Eva Mena con lo bien explicada que queda su congoja?) al trasunto de hipocondría que se suele instalar, desde antes del nacimiento, en el corazón de la mujer, que deja de serlo para convertirse exclusivamente en madre, que abandona sueños y proyectos para volcarse en los cuidados. Y que a veces, muchas veces, se culpa, llora, sufre, se maltrata.

Y todo eso queda perfectamente expresado tanto por lo que se cuenta como por lo que se omite, pues Guerrero tiene la suficiente pericia como para dejar al lector buena parte del trabajo de interpretación. Así cuando dice «Pobre Javi, con la semana que lleva sin poder dormir una noche entera, y ahora esto». Blanco y en botella, pero sin nombrar la botella.

A ello se suma la fórmula adoptada, coloquial, sencilla en el decir, normalmente la exteriorización de esos pensamientos que agitan continuamente la psicología femenina (ya hemos dicho que alguna vez adopta el punto de vista del menor, y ahí entonces el monólogo se adereza con términos de juguetes y videojuegos y palabras gruesas), con algún que otro salto provocado por asociaciones de ideas, completados por diálogos intercalados de gran viveza y verdad, más enumeraciones y descripciones de toda la parafernalia que se necesita, por ejemplo, para sacar a un niño al parque de paseo. Y no se trata de una caricatura de la vida, sino de la vida misma.

Intuyo que este libro gozará de más lectoras que lectores, que a ellas especialmente va dirigido, y que su grandeza reside en contarnos aquello que los que somos padres hemos experimentado con cercanía y sinceridad, sin peregrinas idealizaciones. Porque, si bien ya hemos dicho que los padres no resultan demasiado buenos padres, tampoco las sufridas madres que aquí aparecen se nos presentan como perfectas, sino en sus dudas, sus manías, sus odios al marido por no entenderlas. Y es que la llegada de un nuevo miembro a la familia parece momentáneamente una fisura provocada por un terremoto más que un motivo de unión.

Hay un relato algo diferente, en el sentido de que esta vez se centra en la relación, que también puede ser difícil, entre hermanos. Se trata del cuento «Eli», en el que la voz narrativa no es otra que la de la hermana de esa tal Eli, y que se inicia con «La odiaba. Desde siempre. No me da vergüenza reconocerlo». No voy a destripar el final, pero va en la línea ya comentada de dejarnos (esta vez literalmente) al borde del abismo.

En fin, que me imagino a mí misma escribiéndolo, me hago Mila Guerrero por unos momentos, e intuyo que este libro ha supuesto una pequeña-gran catarsis, una liberación de esos momentos angustiosos que, aunque habituales y domésticos (de hecho, en ellos no aparece el elemento mágico que se abría en su primer libro), pueden alcanzar las dimensiones de la literatura. Y yo celebro que ella lo haya hecho, que alguien haya cubierto ese fragmento de realidad para fijarlo por siempre en la eternidad de las letras.

Elena Marqués

Mila Guerrero (Morón de la Frontera, Sevilla, 1973) es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Sevilla. Autora del libro de relatos Un corazón de hormiga (Anantes, 2015), ha sido premiada en distintos certámenes literarios. Relatos suyos aparecen recogidos en diversas antologías, y ha colaborado con proyectos culturales y en revistas literarias, así como y en el periódico Morón 30 Días. El microrrelato es un género del que gusta especialmente. En la actualidad lo cultiva con pasión en su blog Terapia Opuscular.

 

 

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