Amor doncella cierva

Lo bueno se hace esperar, y es lo que ha ocurrido con este libro de Mónica Collado Cañas, Amor doncella cierva, que el sello de Limbo Errante tiene el lujo de acoger en su catálogo.

Yo conocí a esta escritora con mayúsculas cuando llegó a mí su Palabra de sal, premio Vargas Llosa en 2015; una maravilla del lenguaje y de la poesía aunque la convención formal nos obligue de algún modo a catalogarla como novela. Y he de decir que, para mí, se supera a sí misma con esta nueva entrega.

Amor doncella cierva nos presenta un texto impecable inspirado por uno de los poemas más hermosos de la historia, el Cantar de los Cantares, en quien la autora reconoce una voz femenina, una vivencia real en la carne y el deseo de una joven a la que concede el significativo nombre de Adifa («favorita»). Con ella recorremos su niñez, el paisaje agreste en el que se cría, entre esclavas y quehaceres domésticos, olvidada por los hombres, callada en su prudencia, tratada como una pieza de ganado o como una carga más que como la criatura sensible que esconde tras su rostro trigueño. Asistimos en su narración a la vida de una pequeña comunidad familiar regida por el hombre en la que la mujer nada puede decidir, ni siquiera en el terreno del amor; presidida por un padre taciturno y serio que no provoca confianza, sino miedo; que se vale de la vara de acebuche para adoctrinar pues «Los azotes y la corrección son siempre sabiduría», el camino único a la rectitud y la bondad, al Dios que, como el padre, castiga y alecciona.

Sin embargo, atendiendo silenciosa a las enseñanzas que recibe su hermano, abocado involuntariamente al sacerdocio, aprende a leer, y eso la lleva a descubrir unos pergaminos trazados por la mano paterna, guardados en su covacha como tesoro en un santuario («en el corazón de la casa» se dice que se encuentran), en los que se le revela la hermosura de la poesía y el extraño sentimiento del amor.

Casada sin afecto, más bien vendida por una pobre dote a un viudo que descubre desesperado su «esterilidad», pare dos hijos ajenos y descubre en la figura de un joven pastor el milagro de la pasión y el don de la palabra, a los que la autora rinde homenaje con su innata precisión y la rigurosidad que emplea en cualquier cosa que emprende.

Con esto parece que queda todo dicho sobre el libro, que lo que nos interesa es conocer una historia femenina de reivindicación feminista en las áridas llanuras orientales, de las que sentimos el calor, el olor y cada pequeño detalle que la compone, que captamos a través de todos los sentidos; pero lo que ha movido realmente a Mónica Collado a escribir sobre Adifa es desarrollar una hipótesis que arrebata la atribución del Cantar de los Cantares, un texto demasiado carnal para formar parte del Libro Sagrado y que se ha querido interpretar metafóricamente como un encuentro místico entre Dios y su pueblo, a Salomón (ya era una conjetura cronológicamente descabellada, pero, aun así, se le concede al rey sabio su autoría por pura tradición) para conferírsela a «la favorita de mi corazón».

Y el camino, aunque breve, es intenso y causa regocijo.

Nos dejamos envolver por la untuosidad de los higos, el polvo del almendro, el frescor del arroyo donde las mujeres lavan la ropa, uno de los pocos espacios donde las escuchamos reír y celebrar su condición, uno de los lugares donde se eleva el canto; la presencia perpetua de las ovejas abrevando, la dulzura de los nombres de las esclavas, el sol como «un cordero dorado a las órdenes del cayado divino de su pastor». Los términos se deslizan en nuestros oídos con la facilidad que despliega el viento (qué acierto en la adjetivación, qué riqueza en el léxico). Como en el pergamino que descubre, y el que ella misma trazará, «son crías de animal salvaje, hermosas, tiernas y mordientes», pues así debe ser la palabra escrita; y se insertan en una sintaxis que tiende a la frase breve y rotunda, a la observación distanciada de lo que cuenta para que la denuncia sea más fuerte, al símil que toma la naturaleza y sus frutos (así lo vemos también en el Cantar de los Cantares) como elemento de comparación, a la repetición solemne y ritual propia de los poemas antiguos; un recurso que me resulta hábil y complejo pero que la autora domina y que distribuye en capítulos breves con derecho a ser leídos como fragmentos poéticos, al igual que el texto que lo inspira, un diálogo sensual donde los amados terminan por encontrarse.

Yo espero que el encuentro que busca todo libro con sus lectores os deje ese mismo regusto a miel y a vino perfumado; que se grabe como un sello en vuestro corazón, en vuestro brazo. Que lo bebáis como lo que es: otra joya de la literatura que nos regala Mónica Collado y a la que agradecemos su tesón y cada una de sus palabras.

Elena Marqués

Mónica Collado Cañas es licenciada en Periodismo (2002) y Filosofía (2009) por la Universidad de Sevilla. Escritora vocacional desde muy joven, ha colaborado en varias revistas literarias universitarias, donde ha publicado cuentos, poemas y narraciones infantiles. En la actualidad trabaja como ajustadora y correctora de textos para una empresa audiovisual y colabora con artículos acerca de la mujer y el arte en el magacín trimestral Gansos salvajes. Su novela Palabra de sal fue la ganadora en la XIX edición del Premio Vargas Llosa.

Amor doncella cierva

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