Aguedilla

Aguedilla

Cada vez que miraba aquel cuadro volvía la tormenta. Por el oeste asomaron unas nubes blancas y veloces, que se enturbiaron a medida que avanzaba la mañana. Ginés estaba en el lavadero, con los amigos, fumando sus primeros cigarros y calibrando las piernas de las muchachas que se acercaban a la fuente. Hacía calor y vestían faldas ligeras. Por las tardes se acercaban a la Cañá a remojarse los pies, paseaban por la alameda junto a la ermita, en el cerro Pelón, catalogaban a los chicos en grupos cerrados. Los guapos. Los feos. Los imposibles.

Aquella mañana había acompañado a Aguedilla al río. Después de algunos ruegos, se había al fin prestado a transportarle el caballete y el maletín de las acuarelas. La niña quería pintar el puente, sus arcos anchos, la corriente agitada y su maltrecha vegetación ribereña. La madre, desde la cocina, le advirtió que llovería, pero la dejó ir. «Recógela a las dos», dijo, y siguió amasando sus albóndigas con los ojos enlodados en la pena.

Desde que nació su pequeña, Águeda se había vuelto triste. Al mirarla, con sus casi quince años, recordaba sus propias andanzas juveniles, las faldas ligeras hasta bien entrado septiembre, los paseos vespertinos por la alameda catalogando muchachos. Los guapos. Los feos. Los imposibles. Que su hija no pudiera repetir los mismos ritos de primavera la afligía.

Porque, además, aunque Ginés le mostraba todo su cariño y la consolaba, la protegía de las burlas, le traía de Úbeda los libros que la unían al mundo y las láminas de pintura que podía emprender, algún día todo aquello se habría de acabar, cuando bajo el arco junto a la iglesia o al abrigo del lavadero él descubriera unas piernas jóvenes y sanas con las que retozar, a las que acompañar en la huida a una ciudad lejana donde quizás no se acordara de sus obligaciones fraternales, ni de sus pinturas de puentes ni de ríos, ni de la subida al monte Pelón para la romería de mayo. Porque los que marchaban no volvían jamás.

También la niña, en su pertinaz silencio, soñaba con irse de allí, atravesar el olivar y adentrarse entre los labiérnagos y los escaramujos de los que le había hablado la vecina con un deje de añoranza. En sus sueños inquietos, coronaba la sierra y avanzaba hacia el norte, por una carretera estrecha como la que conducía a Villacarrillo, que era casi lo único que había visitado más allá de los límites del pueblo, a una ciudad grande donde no la conociesen ni se burlasen de sus piernas renqueantes y de su peculiar modo de hablar.

Águeda Montoro había nacido antes de su tiempo, en una noche de lluvia y regocijo. Don Pedro lo estaba celebrando con un vino de la tierra y las primeras aceitunas cuando apareció la partera con la cara de palo. Las mantillas no le dejaban ver aquel defecto del pie derecho y él siguió brindando por la salud de la criatura. Fue el pequeño Ginés el que le descubrió la tara, y, al notarle al padre el rostro incrédulo y escucharle la maldición, decidió que se arrogaría la obligación de cuidarla y quererla todos los días de su vida, y que la llevaría a hombros mientras le dieran las fuerzas, y le enseñaría la belleza de los fuegos artificiales, y la protegería de las hogueras levantadas en la plaza en honor de la patrona.

Aguedilla también lo quiso bien, hasta que fue consciente de sus desperfectos y le envidió la firmeza de sus pies y la aparente locuacidad con la que contaba sus mentiras, pues, además de la cojera, cuando empezó a hablar, la niña lo hizo a trompicones, y los rapaces se reían en la escuela de su modo aletargado de pronunciar los nombres de los ríos, los picos más altos de la Península, los versos de Góngora con que los martirizaba don Enrique en las interminables clases de literatura. Sin embargo, tenía en las manos la cualidad de la paciencia y todo lo transformaba en algo hermoso. Pronto aprendió a bordar, y a pintar, y a eso dedicaba las horas muertas, pues no otra cosa podía hacer en aquel pueblo ruin que tan mal la trataba.

Aguedilla odiaba que el 5 de febrero nadie fuera a rondarla a pesar de llevar el mismo nombre de la patrona. Odiaba la cal de los cortijos escondidos y vedados a sus piernas, las calles empinadas, la sombra austera del torreón, los escalones pinos de la iglesia. Odiaba a aquellas muchachas que caminaban deprisa, que eran capaces de bailar y de agitar sus pies en la orilla de la Cañá. Odiaba su parloteo, sus faldas ligeras, la manera universal en que catalogaban a los muchachos. Los guapos. Los feos. Los imposibles.

Ella, imaginaba, también entraría en esa triste categoría de las imposibles. Era imposible amarla, imposible llevarla de viaje, imposible caminar con ella, como todos los novios, más allá del mar de olivos, labiérnagos y escaramujos, de la rala vegetación de ribera que bordeaba el puente con sus arcos anchos donde esa mañana habría de convocar las primeras gotas de la borrasca.

Ginés tenía prisa por volver. Lo aguardaban sus amigos en la plaza, con sus cigarros y sus risas, con el deseo incipiente y las conversaciones propias de la edad y la estación. Así que depositó el caballete donde le fue indicado, abrió la sillita plegable y esperó a que su hermana se colocara el mandil. El guardapolvo apenas conservaba una esquina de su blanco original, como si en él ensayara la niña los paisajes que nunca alcanzaría con los ojos. Los ocres derramados en las orillas de las mangas, los azules en la pechera incipiente, los verdes en la falda como una pradera salpicada de amapolas coloradas. Cuando todo estaba dispuesto, Ginés le hizo un gesto con la mano y, como si previera algo, se acercó de nuevo a despedirse con un beso. Águeda lo vio alejarse arrollando los hierbajos. Sobre su cabeza empezaron a delinearse los primeros nubarrones.

Después todo ocurrió muy rápido. La madre no se dio cuenta de la lluvia hasta que se acercó al fregadero a enjabonar las ollas. El agua corría por la calle con una fuerza que no recordaba.

Miró el reloj y vio que tan solo eran las doce. Seguramente Ginés habría bajado a recogerla. Siempre había sido un niño responsable, aunque últimamente le podían las cosas de la edad. Quedaba poco para que volviera a Úbeda, donde estudiaba con aplicación, donde Águeda no había podido ir porque quién iba a ocuparse de ella. Aun así, cogió el paraguas y se dirigió hacia la plaza. En el camino no se encontró a nadie.

Desde los alrededores de la fuente escuchó las risas de los jóvenes. Las muchachas se habían refugiado con ellos y hablaban animadas. Ginés no la vio llegar. Ni siquiera sentía el ruido de la lluvia ni la fuerza con que estará azotando las márgenes del regato. Pero, al notar los ojos de su madre en el cogote, se levantó con rapidez y salió corriendo camino del río. El cigarrillo quedó a medio consumir en el poyo del lavadero. También la tormenta empezaba a disiparse.

Tras el aguacero, el río bajaba pardo, con un ruido de catástrofe aún por venir. Los pies del joven hacían ahora un ruido muy diferente, se ahogaban en unos charcos grandes y a punto estuvo de perder los zapatos mientras se debatía con la angustia de haber incumplido sus obligaciones.

No sabría decir cuánto tiempo tardó en llegar al recodo frente al puente. El cauce del Guadalimar se había desbordado y era incapaz de reconocer el punto exacto donde había dejado a la niña. «¡Águeda, Águeda!», gritó todo lo fuerte que le daban los pulmones. Pero nadie contestaba.

Ya estaba llorando a moco tendido cuando le pareció escuchar un balbuceo. Debía ser ella. Tenía que ser ella. Se guio por el eco, que se le hacía cada vez más pequeño, como si atravesara la sierra, los mares de olivos; como si se perdiera entre los labiérnagos y los escaramujos de los que le había hablado la vecina con un deje de añoranza.

Pero Aguedilla no estaba, ni su sillita plegable, ni su mandilón manchado, ni su pierna renqueante; pero sí aquel cuadro del puente sobre el río, encajado entre la maleza, anclado como una botella que hubiera lanzado, con un mensaje de angustia, el náufrago de tantos libros que ahora, sin ojos que lo leyeran, debía devolver...

***

Dos días después se celebró una misa de difuntos sin cuerpo que arropar. La lluvia había dejado un cielo limpio, del mismo azul que adornara la pechera incipiente de la niña; y los ojos enlodados en la pena de una madre que no podía creer lo que veía, lo que notaba en aquel cuadro cada vez que arreciaba la tormenta.

También Ginés lo percibía, y tenía que mirar hacia otro lado aplastado por la culpa. Escuchaba el borboteo de la lluvia y el eco de la voz de su hermana y se echaba a llorar con desespero, hasta que se calmaba por no sabía qué suerte de hechizo que emanaba de la acuarela.

Entonces volvía de nuevo los ojos hacia el paisaje y la veía, siempre en el mismo punto, a la altura del tercer arco, como un pequeño fantasma despidiéndose desde el puente, el cabello mojado sobre el mandilón repleto de brochazos: el diminuto autorretrato de Aguedilla, con los pies firmes y quién sabe si la lengua desatada, cruzando hacia la orilla de una ciudad lejana donde quizás, solo quizás, nadie se burlase más de ella.

Relato finalista en el II Concurso de Relatos Villa de Sorihuela

Aguedilla

Con retraso

Siempre, aunque me retrase, acabo leyéndote, deleitándome con tu magia, con la preciosa descripción de los ambientes, lugares y personajes y la elección de los nombres. Luego, como si ya no interviniera tu maestría, surge la historia casi sola, tan verosímil como si la hubiéramos vivido. Precioso, me ha encantado.
Un beso.

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