Agotamiento creativo

No hace mucho me comentaba un amigo que había agotado una forma de crear por la que hasta entonces se reconocía y con la que estaba satisfecho. La palabra era esa, «agotado», como se agota el agua de un embalse y se acaban nuestro aguante y nuestra inspiración, si es que ello existe. Posiblemente dicho agotamiento, formal y de ideas, nos ocurre a todos en momentos determinados, pero no siempre lo confesamos y nos mantenemos en nuestros trece escribiendo una y otra vez cosas similares, y resulta que aquello que en un principio pasó por original y auténtico ya no lo es en absoluto, sino una mala imitación de nosotros mismos en la que nos acomodamos porque nos resulta fácil y de ahí el inmovilismo y el conformismo e incluso la complacencia, que no son términos positivos ni reconfortantes prácticamente en ningún contexto.

Es verdad que hay temas que nos interesan más, y consciente o inconscientemente hablamos sobre ellos en cualquiera de nuestras obras; pero empeñarse en escribir por escribir como el mejor, o el único, medio terapéutico que conocemos a veces cansa al semejante. Bueno, lo cansa cuando lo sacamos a la luz. Quizás simplemente deberíamos esperar antes de publicar (quizás no: seguro) aunque nos pueda la impaciencia. En el caso de quienes no tenemos reconocimiento ni posiblemente lo tengamos nunca es muy recomendable, pero también en el de aquellos que viven de esto, pues últimamente he sufrido varios chascos con autores prestigiosos o al menos muy leídos y no digo yo que me asalten sentimientos que oscilan entre la vanidad propia («yo lo hago mejor», me empeño en susurrarme) y la vergüenza ajena, que también. Es que el fenómeno en cuestión me lleva a plantearme el asunto cultural como una decepción en la que no prima del todo la coherencia, ni mucho menos el concepto de trabajo bien hecho, algo que debía regir esta actividad y cualquiera, sino como otra insulsa tuerca del engranaje en el que nos movemos; ese sistema pervertido en el que el marketing parece ser la única tarea verdaderamente concienzuda y de ahí la proliferación de carreras y másteres con ese término extranjero incrustado como una garantía de calidad o de algo por el estilo.

Vender un producto significa ahora mucho más que «traspasar a alguien por el precio convenido la propiedad de lo que se posee», ya sean naranjas, ladrillos o conocimientos. Hoy en día parece que las acepciones 3, 4, 5, 6, 7 y 10 de ese vocablo cobran relevancia como esos nombres de pseudointelectuales que tanto envidiamos y entre los que aspiramos a estar algún día sin darnos cuenta de que, como algunos de ellos, andamos dando traspiés y cayendo desde ya en ese inmovilismo, conformismo o incluso complacencia que nos impiden avanzar, interpretando siempre los mismos acordes, sin atrevernos a cambiar de clave más por incapacidad que por pereza, pues, en el fondo, este es un trabajo que requiere mucho trabajo, valga la redundancia, mucho aguante, mucha dedicación, y un tiempo que no siempre tenemos o que empleamos en otros quehaceres. Como esos que enumera el DRAE para el verbo vender.

Total, que ahí estamos, anclados a un círculo vicioso demasiado humano para aspirar a ser divinos. A ver si acabamos por resolverlo.

Elena Marqués

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