Agosto

A punto de expirar agosto, me veo en la «obligación» de retomar todo lo abandonado en ese tiempo de tan necesario descanso. Volver a alimentar esta página no es algo que me pese. Más bien pienso como algo terrible en el retorno a la oficina, la monotonía, el trabajo; las cansadas actividades que esta otra labor, la literaria, exige, pues no solo de escribir vive el hombre, aunque sea lo único que desee. Eso y leer.

Precisamente de lecturas quería hablar hoy. Cargado el e-book con todo lo apetecible que se me cruzara en el camino (lo hago así cada verano, para ahorrar peso y espacio en el equipaje), finalmente no lo encendí hasta ayer, después de terminar Europa: parada y fonda, de Delibes, un delicioso libro de viajes escrito en 1963 que vagaba por casa de mi suegra y que me transportó a distintas ciudades europeas y a la limpieza del lenguaje del escritor vallisoletano, sagaz en sus observaciones acerca de cada nacionalidad, sincero en su expresión sobre ciudades sobre las que pesan demasiado los estereotipos: un libro que te invita a acercarte a nuestra lengua y recuperar su riqueza y luminosidad, enorgullecerte de ella.

Y eso hace precisamente Álex Grijelmo en un ensayo ya antiguo (1998) pero que no ha perdido actualidad: Defensa apasionada del idioma espaÑol. Llamamiento para evitar el deterioro de una lengua. En él nos advierte de los peligros del neologismo, de su historia y también de sus virtudes; de la pobreza del lenguaje de los políticos (precisamente algo que escuchamos todos los días en un discurso tan vacío como espeso y extenso); de la importancia de una buena traducción y lo poco que se valora (los ejemplos de las instrucciones de diversos electrodomésticos son para troncharse de risa); de las tropelías de los informáticos y otros semidioses tecnológicos… Y todo con una sensibilidad y de un modo tan ameno que ni el olor a humedad que despedían sus páginas (lo compré en una de esas ferias playeras en el paseo Pereda de Santander y se había soasado en su propio envoltorio de plástico) me impidió sumirme en él y devorarlo y enriquecerme y sentirme de nuevo afortunada por compartir lengua con esos más de cuatrocientos millones de hablantes que la conforman día a día.

Y una de las reflexiones de este libro que más me han calado como hablante-amante del español es algo que, al parecer, viene de antiguo (dieciocho años al menos), y es la necesidad, según algunos de cuyos nombres prefiero olvidarme, de simplificar su ortografía para facilitar su escritura y su aprendizaje; una propuesta que me parece tan peligrosa y descabellada como levantar las piedras de una calzada romana porque pa qué pa qué, si ya no se utilizan. Nuestra lengua es también, y sobre todo, su historia. Conocer su procedencia no solo nos sirve, como dice el autor, de gimnasia para aprender diversas materias, sino que nos ayuda a asimilar palabras nuevas, a descifrar su significado a través de su etimología (su genética, lo llama a veces), a disfrutar de la toponimia (hablando de libros de viajes) al descubrir en los nombres pequeños trozos del pasado… En fin, que no me vería yo capaz, por mucho que lo admire, de escribir como Juan Ramón ni talar las haches de humo o de herida. No sería esta última palabra tan poética desprovista de su mudo apéndice. Que, por cierto, no lo es tanto en determinadas partes de España, donde aún, con cierta gracia, se sigue aspirando.

Pero me he ido por las ramas cuando lo que quería era comentar que este año, saltándome todos los pronósticos, no he cumplido con mis planes lectores y he pasado mis ojos por textos bien distintos. Yo, que gusto de la novela en todo mes, y especialmente en este, empecé con el Murakami más temprano (Escucha la canción del viento y Pinball 1973), pero tan atrayente como el de hoy; y continué con la primera entrega de Juego de tronos interesada en conocer ciertos mecanismo del best-seller. Y después de Grijelmo cayó en mis manos otro libro también antiguo pero revelador, de Ryszard Kapuscinski, El mundo de hoy. Autorretrato de un reportero, que nos conduce por distintos continentes para hacernos caer en la cuenta de lo poco que conocemos y lo egocéntricos que llegamos a ser. No es lo único que he aprendido con él, pero sí, quizás, lo más importante para que se nos bajen esos humos (con hache) que tanto adornan a Occidente.

En fin, ya, para culminar el mes, entre los libros que había descargado, por fin me he sumergido en La copa dorada, de Henry James, de nuevo una novela después de tanto «sacar los pies del plato» (o del género), y ahí ando con una traducción que deja bastante que desear pero que me lleva de la mano de unas relaciones peligrosas y un buen análisis de la psique, sobre todo femenina.

Así que ahí van mis recomendaciones para quien tenga ahora la suerte de irse de vacaciones: siete libros muy distintos, algunos para dormitar bajo la sombrilla, otros más sesudos, aquellos para reflexionar sobre la escritura, estos para hacer lo propio con la lengua que nos acompaña, y todos ellos un regalo que el mes de agosto, con todo su calor y sus perseidas, ha tenido a bien ofrecerme.

Elena Marqués

Agosto

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