¿Por qué no te callas?

En un mundo lleno de ruido, bien nos viene que alguien, de vez en cuando, nos haga callar.

Porque posiblemente muchos de nosotros, pseudoescritores, pseudopoetas, casi pseudópodos en muchos aspectos por eso de arrastrarnos para que nos echen cuenta, somos los que más sobramos en esto de escribir y publicar y nos perdemos en palabrería y nos gusta participar en el espectáculo. Se levanta el telón y aparece Elena Marqués hablando de su última novela. Sí, por favor. Que sea la última.

«Alguien abre una puerta / y empieza el circo».

Con estas palabras se inicia el poema-río El mudo de Fisher Town de Carlos Torrero, un texto bien distinto a lo que se acostumbra a publicar bajo el marbete de poesía. Una obra crítica con lo usado, con las palabras manoseadas («Recuerda: El lenguaje ha muerto. Volvamos al lenguaje»), con los recursos aburridos, con lo medido. Una obra que pide nuevos ojos, nuevos oídos, nuevas mentes.

Te pido con tus viejos ojos

una mirada nueva,

te pido pájaros naranjas

en la llanura abisal

de la tristeza:

No es tan difícil.

Dice.

Sin embargo, no hay ataque a la tradición, sino buena asimilación de ella. Es así como surgen las voces interesantes. En un diálogo ininterrumpido. Especialmente cuando se tiene algo que decir, que añadir a lo ya dicho muchas veces de formas parecidas. Yo qué sé. Sobre el fugaz paso del tiempo. Sobre la hierba. Sobre el amor. Pero asimismo sobre lo antipoético, lo prosaico de unas bragas usadas, donde también, o fundamentalmente, reside la poesía, que define Torrero con acierto como vértigo, y como lo que sucede ante nuestras narices, antes los ojos de esa voz que no tiene voz. Recuerda: es la voz del mudo de Fisher Town, Carolina del Norte, 28081, EE. UU. Y sin embargo.

Y es que esta conjunción adversativa podría erigirse en su lema, en su leitmotiv. Porque (y lo cito), «aunque los italianos estén en Italia / y los franceses en Francia / todo el mundo está fuera de lugar: […] Por eso escribes, para crear un nuevo orden». Y para preguntar quién eres. O para preguntar todo el tiempo en este diálogo desenfrenado en que se enzarza la voz muda con quien quiera escucharlo. Y para cuestionar si uno, el que lee (pero «Recuerda: Leer es vivir»), sabe bien qué está haciendo. Porque el yo, la voz poética, sí dice saber quién es. Aunque sea por oposición. (Tampoco le cabía otra fórmula). «Porque poeta no sé / pero lo que no soy es un simple / hacedor de dinero […] Lo que no soy —eso seguro— / es una camisa con mis iniciales / bordadas dentro del Banco de Santander».

El mudo, trasunto del poeta, se retrata enlazando distintas escenas cotidianas (la vida), pero habla también de sus preferencias literarias (los libros) en ese deambular de sombras de Vallejo, Umbral, Verlaine, Robert Frost, a quien le dirige una carta, Juan Cobo Wilkins «con su distinguida voz» y su cercanía, en un nuevo escenario.

¿Que le obsesiona la falsedad, o al menos la ficción? Creo que es obvio. Como también es obvia su referencia continua al gran teatro del mundo (o «este baile de salón / inútil») en el que nos movemos, concepto calderoniano que no por asumido es menos cierto. Especialmente hoy, cuando las redes sociales sustituyen a la vida. Cuando la psicología positiva no nos deja derramar una lágrima. Cuando lo auténtico se refugia exclusivamente en los sueños. «Oh, sólo cuando dormimos / escapamos a la impostura». Pues apaga y vámonos.

No. No nos pongamos drásticos. No hay que refugiarse en el sueño, sino tener una actitud proactiva y regresar. Recuperar la mirada virgen («la poesía es una forma de ser / de mirar / de morir»), escudriñarlo todo «con esos ojos que gatean», «y reconstruir el esqueleto / de cualquier animal». Desde el silencio.

¿El mudo es, pues, el poeta? ¿Debe el poeta callar, o poner bombas?

No soy la persona adecuada para contestar a esa pregunta ni, después de ciertos recientes desengaños en esto de la naturaleza humana, a ninguna otra. Desde luego, El mudo de Fisher Town nos estalla en los sentidos, nos abre los oídos para burlarse del machaqueo de la métrica, nos ofrece la posibilidad de que Hans Zimmer (¿lo habéis escuchado? Pues lo entenderéis) musique «este canto alucinado». También nos invita al amor. Pero, sobre todo, a que concedamos peso y significado al lenguaje porque «las palabras importan». Y para llenarlas de significado quizás haya que vaciarlas de él, o callarlas, o apostar por el silencio.

Y sin embargo…

Elena Marqués

Carlos Torrero (Cuenca, 1979), licenciado en Ciencias de la Información, ha trabajado en distintos medios de comunicación, especialmente en televisión. Es autor del libro de poemas La hibernación de los moluscos (2017) y del libro de cuentos Lejos del Champagne (2019). Además, varias de sus piezas de literatura breve han sido recogidas en distintas antologías y revistas especializadas. Publica regularmente en www.doctorgoodfellowbooks.com, web destinada al fomento de la lectura y a la crítica literaria. El mudo de Fisher Town es su segundo poema(rio) publicado.

 

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