¿Más sobre la corrección?

Cuesta trabajo hacer entender a determinadas personas que no lo saben todo. Más en este ámbito de la escritura, en el que el hecho de conocer el abecedario parece que ya te convierte en letrado.

    Recibir correcciones lingüísticas y ortotipográficas cuesta tanto como que no se aceptan. Ni siquiera cuando quien escribe demuestra tener serios problemas con el diccionario. Una larga trayectoria en el oficio, una carrera a las espaldas, unos estudios específicos posteriores, nada de eso sirve para que se deje asesorar. Si alguien quiere decir, por ejemplo, que lleva mucho tiempo cavilando en algo, no se te ocurra sugerirle que mejor que cavile sobre ese algo, que su pensamiento rendirá bastante más. Si alguien considera que es más elegante encauzar las manifestaciones que encabezarlas, pues ancha es Castilla. No seré yo quien ponga los puntos sobre las íes. Si en el trabajo el letrado de turno decide que la referencia a la ley, en cualquier contexto, ha de realizarse sobre el podio de la mayúscula, pues así va a ser. Faltaría.

Por eso esta semana os regalé en Facebook una frase de Ortega. La repetía un compañero mío que no por casualidad era corrector de textos. «El esfuerzo inútil conduce a la melancolía». Parece, además, que esto es un trabajo que cualquiera puede hacer, y que no provoca cansancio. Que se solventa en un ratito. Sumando ratitos de esos, en los que me he ocupado de textos ajenos con el resultado melancólico que hoy me aflige, podía haber escrito la enciclopedia británica dos veces.

    Pero, como no me voy a dejar amilanar por sentimiento negativo alguno venga de donde venga, prefiero terminar esta queja con unos haikus primaverales que encontré el otro día por casualidad. Por supuesto, doy permiso a los expertos en poesía japonesa para que me los tiren por tierra. No voy a caer en lo mismo que estoy criticando. Faltaría. También.

 

Agua en la fuente.

Por el cielo navegan

los petirrojos.

 

Filtra el ramaje

un revuelo de trinos.

Olor a infancia.

 

Las hojas cantan

y su envés apacigua

la luz al párpado.

 

Alzan el vuelo

las palomas del parque.

Blanca es la brisa.

 

Sueña el estío

con jirones de nube.

La arena tiembla.

 

En la mañana,

visten de oro y semillas

los girasoles.

 

Con paso quedo

la arboleda derrama

sueño y rocío.

 

Entre adoquines

se revelan las briznas.

La ciudad sueña.

 

Elena Marqués

 

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