Profesiones y oficios

Mañana acudo a un instituto de Sevilla a dar una pequeña charla orientativa sobre mi profesión. Teniendo en cuenta que llevo en ella más de la mitad de mi existencia no puede costarme ningún trabajo prepararla. Aun así, voy a hacer un «ensayo general» desde esta ventana, más que nada fijándome en qué se espera de mí, cuál es el motivo de que me hayan invitado a hablar sobre este oficio maravilloso y necesario que es la corrección de textos y por qué lo elegí. ¿O fue él el que, fruto del azar, me escogió?

Y he dicho «oficio» sabiendo que, por definición, este término suele relacionarse más con actividades manuales, en donde el trabajador debe demostrar su habilidad para realizar una tarea específica y la aprende, generalmente, ocupándose de modo directo en la materia, mientras que la profesión se enseña en las universidades y requiere conocimientos especializados.

Es verdad que yo asistí a la Facultad de Filología durante cinco años, me licencié, y algo sabía de cómo escribir un texto sin fallos cuando conseguí una beca en Ediciones Alfar ¿para formarme en el oficio? Porque a corregir se aprende corrigiendo, igual que en la mayor parte de las disciplinas; y posiblemente hasta ese momento no fui consciente de cómo había que colocar algunos signos (me refiero a los casos en que aparecen paréntesis y rayas, o interrogaciones, o los puntos suspensivos, que son solo tres y no un puñado de ellos), qué palabras debía marcar con cursiva o qué comillas (precisamente esas que no aparecen en el teclado) se emplean en la edición en español.

Pero volvamos a lo de profesión u oficio, aun pareciendo una tontería en unos tiempos en que nadie quiere tener lo segundo sino lo primero, como si trabajar con las manos, o con los ojos en este caso, nos situara en una escala inferior en la cuestión de lo laboral.

Yo defiendo que para ser buen corrector hay que conocer a fondo el funcionamiento de la lengua, pero que eso se consigue no solo en la Universidad, sino leyendo a conciencia textos bien escritos (ah, es verdad: que hayan pasado previamente por una revisión en condiciones) y volcando en cada línea todos los sentidos, manoseando los papeles, anotándolos a los márgenes, marcando viudas y huérfanas, cuidando los índices… Y eso, algo de artesanal sí que tiene. Sobre todo porque, en mi caso, tuve la suerte de que me enseñaran muchas más cosas, y conocí el proceso del libro desde principio a fin, y aprendí a tratarlo con mimo hasta el último minuto (despedirme de ellos me daba lástima), lavándole bien la cara para librarlo de erratas y algunos errores propios de la rapidez con que se picaban los textos, no de la ignorancia de las normas básicas del idioma.

Y digo esto porque la profesión (u oficio), como he comentado por estos lares más de una vez, ha pasado a convertirse no solo en una cruzada contra la mala redacción, el desconocimiento de la ortografía y la falta absoluta de criterio (por ejemplo, en el uso de las mayúsculas), cuestiones cada vez más habituales, sino, paralelamente, en otra batalla en favor de su supervivencia, pues, cuanto más falta hace (a la vista está), menos correctores se contratan en editoriales y periódicos (en estos últimos apostaría a que ya ni existen) y menos importancia se les da a aspectos que los impresores antiguos cuidaban porque para ellos el ejemplar era una pequeña obra de artesanía, no solo un medio para que los lectores se entretuvieran y pasaran el rato.

En fin, yo no me cansaré de repetir la importancia de mi profesión-oficio, e incluso de animar a los jóvenes a que se decanten por ella. Quizás a alguno le ocurra como a mí: que no conocía su existencia y que el azar lo ha querido cruzar con una enamorada de las palabras y de su enorme poder para sobrevivir.

Elena Marqués

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