Perdón por las prisas

Sé que os aburro con el tema de siempre. A hora y media de salir para Madrid como escala hacia Orense, me doy cuenta de que no he subido ni programado mi entrada de los lunes. Las prisas son malas consejeras y quien mucho abarca poco aprieta. Llevo entre manos demasiadas cosas, la mayoría ajenas, y todas son para antes de ayer.

Pero el lunes estaré acompañando a Segismundo Fernández Tizón, que presenta su primer libro de poemas, Versos en escala de grises, porque eso no me lo puedo perder.

A Segis lo conocí siempre acompañado de otro gran poeta que se nos fue, Juan Ballester, y sé que los dos vamos a estar acordándonos de él todo el tiempo, pues disfrutaría de los versos de su «hermano de leche» y de este bautismo poético mucho más incluso que su autor. A él le dedicamos, pues, este libro y todos los que vendrán; a él le dejo este adelanto, que es, en realidad, el prólogo que precede a la poesía de nuestro amigo común, para que, tras el preludio, os animéis con el resto de la sinfonía.

Un espacio para la música

«y así, con dos recuerdos sobrevivo:

el uno es el recuerdo del amor,

el otro es el recuerdo de la muerte.»

Segismundo Fernández Tizón

Hay una tierra el norte donde reside la melancolía, donde los libros son viejos y el aire siempre azota las ventanas. Hay una tierra que pare a los poetas con la saudade puesta, con los guantes de la delicadeza calzados para pasar de puntillas por la estación del frío.

Segismundo Fernández Tizón es producto de ese espacio agraz y pensativo, de un romanticismo elegante, de lecturas largas a la luz de la luna. Su acento cariñoso se derrama en todo lo que dice, en todo lo que hace; su contacto con las letras, y en especial con las letras gallegas, es tan enérgico que podemos decir de él que es un injerto de uva de ribeiro y de carvallo, del dolor de Rosalía y del recuerdo perenne de sus amigos en la palabra.

Nadie como él para definir la poesía, para preguntarse como Bécquer frente a pupilas azules, pero también ante niños hambrientos. Su libro es una puerta a su mundo, a sus intereses, a sus desengaños, a un espíritu tan sensible que asusta. Bajo su apariencia frágil, brotan los esquejes de unos versos despaciosos, emocionados y emocionantes; se detiene en su elaboración y en su cuidado como el mejor jardinero de que el ritmo puede gozar. La palabra crece justa, cálida, con peso; la rima, en ocasiones, es una música que acompaña sin estorbar, ahora que el verso libre está de moda, o precisamente por eso. Porque en él la poesía nace pura y antigua (en el mejor sentido de la palabra), con el sabor de los clásicos, de los románticos. De los mejores.

Maestro del endecasílabo, del alejandrino y de la belleza, habla de lo cotidiano y de la lluvia, a veces con voz infantil, pues es el niño el que pervive en muchos de sus versos. Un niño que sueña con castillos de arena, pero que construye versos indestructibles.

Mas no solo voy a hablar del autor, sino de su libro, de este primer volumen que avanza con la serenidad de los ríos grandes. No clama como una torrentera que grita, aunque el dolor esté cayendo en cada gota. Los pies quebrados sostienen la carrera del llanto, dan asiento a las quejas por el desamor, por la distancia, por el gris de la tarde, por la soledad en que la ingratitud nos deja. Porque es el verso la mejor compañía para el poeta, a veces la única. Y por eso, precisamente, escribe. Y por eso, también, él gana la partida.

Por supuesto, además del amor, o su falta, la muerte, tema universal, está muy presente, como una triste y certera obsesión. El acabamiento, el final, planean sobre el texto igual que una mariposa macabra; corren en sangre-tinta hasta detenerse en la amada y su recuerdo. Aunque el término del amor, como para Quevedo, no existe,

«pues, igual que un oasis sobrevive al desierto,

nuestro amor hecho verso me habrá sobrevivido.»

Sin embargo, no todo es otoño en estas páginas, pues de vez en cuando su ingenio destila algún poema que podríamos considerar de divertimento, como un soneto reversible que puede leerse de arriba abajo o viceversa. O aquel otro con rima en eco que concluye

«dejaré que el veloz y alado Hado

me lleve un día a tu anhelado lado

provocando la más querida herida...»

Y es que para mí que Segismundo Fernández Tizón no es un poeta en pijama, como por ahí se atreve a definirse, y piensa a veces en esta estrofa, sin darse cuenta, como una mágica reencarnación de Garcilaso, como un nuevo Petrarca elaborando su Canzoniere; y en otras se inclina por el alejandrino a lo Rostand, e incluso adopta la pose de uno de sus personajes preferidos (también, lo confieso, uno de los míos), Cyrano de Bergerac, a quien las musas jamás abandonaron, a quien el orgullo dejó erguido para toda la eternidad.

Así creo yo que es este libro. Un diálogo en pie, un conjunto de cartas en espera de una respuesta que quizás algún día llegue. Un homenaje al amor. Y a la poesía.

Elena Marqués

 

 

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