Mala letra

Quienes empezamos a escribir generalmente nos decantamos por formas cortas, e incluso nos sumergimos con arrojo en la poesía (qué ilusos) confiados en que la dimensión nos facilitará el asunto. Sin embargo, no es el relato género fácil, ni sencillo resulta agruparlos en un volumen y conseguir con ellos algo con unidad y coherencia. Y, sobre todo, que nos transmita una impresión, un sabor (o mal sabor), una certeza.

A mí cada uno de los once relatos que componen Mala letra me ha dejado un conocido poso de amargura. Su ciudad imaginaria, Cárdenas, que ya aparece en otras obras de Sara Mesa, se parece demasiado a esas calles grises y tristes que llevamos en nuestras conciencias, quién sabe si influidos por ciertas imágenes del cine americano que han llenado también nuestras existencias y que vuelven a reproducirse en la historia más larga de este libro, «Nosotros, los blancos». En ella no solo se nos hacen visibles las tensiones propias de una familia mal avenida, sino las ansias, a veces desordenadas, de libertad, de vivir otras vidas que posiblemente no nos correspondan.

Es este uno de los elementos que más me ha perturbado en la voz de la escritora madrileña. Aparte de un lenguaje certero, atinado en su desnudez, y esa malsana tendencia a regodearse (no sé si el verbo sirve para Sara, pero sí para mí) en la sordidez, la desgracia y el horror de lo cotidiano, que a mí me atraen mucho y comparto, sus duelos infantiles y adolescentes son en cierto modo los míos (o, si os sentís con todo tan identificada como yo, los nuestros). El deseo de huir, sin saber a veces muy bien de qué (¿de la arbitrariedad?, ¿del autoritarismo?), con que se inicia «El cárabo»; la rebeldía adolescente de «Palabras-piedra»; la culpa y el no saber cómo actuar ante la desgracia ajena de «Apenas unos milímetros»; la lucha por una vida normal en el espeluznante «Papá es de goma», son solo ejemplos de un mundo en el que nos sentimos atrapados al mismo tiempo que rechazados por él.

¿Y qué decir de la presencia de la muerte, en la mayoría de las ocasiones de manera violenta y traumática (el suicidio, el accidente), como en «Mármol» o en «Creamy milk and crunchy chocolate», y lo fatídico del destino y sus tristes consecuencias? ¿Qué decir de la soledad y la aspereza del protagonista de «Nada nuevo»; la indefensión (también ante su propia familia como tema recurrente) de la joven ciclista de «Picabueyes»; o las ínfulas del viejo zorro que deambula por «¿Qué nos está pasando»? Porque realmente algo nos pasa, y de ahí la escritura.

Por eso me parece un acierto haber dejado para el final «Mustélidos», donde se representa a una escritora a la que se le pregunta qué hay de ella en sus personajes; algo sobre lo que, inevitablemente, se les cuestiona a los juntaletras en más de una ocasión, especialmente cuando el mundo que representan resulta agresivo o al menos alejado de la imagen de persona normal que suelen ofrecer.

De ahí que no haya podido evitar recordar unas palabras que me ha regalado Lola Almeyda como prólogo de mi próximo libro de relatos, pues algo de eso hay, y que, no sé si a cuento o no, aquí os dejo:

«A veces pensamos –o creemos– que el autor de la obra es el protagonista del libro que estamos leyendo. Que ni siquiera es el inductor ni un familiar cercano. Es él, y no podemos darle crédito. A veces creemos –o pensamos– que quien se ríe y se divierte y relata la anécdota oportuna y celebra la vida no puede ser quien está contando historias que hablan de muertes y desidias.»

Elena Marqués

Sara Mesa (Madrid, 1976) reside en Sevilla y cuenta en su haber literario con las novelas El trepanador de cerebros, Un incendio invisible, Cuatro por cuatro (finalista del Premio Herralde) y Cicatriz (Premio Ojo Crítico); los conjuntos de relatos La sobriedad del galápago, No es fácil ser verde y Mala letra; además del libro de poemas Este jilguero agenda, con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández.

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