La zúa

Un libro dedicado A la memoria de los que no se salvaron. Al recuerdo de un tiempo que sigue presente... ya nos predispone respetuosamente al dolor y el sufrimiento. Suavizados ambos por la narración a través de la boca (y de los ojos aún inocentes) de un niño, ofrecidos de un modo fragmentario pero con datos suficientes para que recompongamos el resto, no dejan de ser los hechos que se narran terribles; mucho más cuando sabemos que son reales y, como rezan las palabras del inicio, aún presentes en muchos barrios marginales de nuestra ciudad, así como, con características semejantes, en otros muchos lugares del mundo.

Escrito como un gran monólogo a través del que conocemos los distintos personajes y atravesado por las aguas negras y dañinas de la zúa, donde «ya no caben más secretos», la novela de Antonio Ortega se levanta como un testimonio de la injusticia, de la pobreza, de la dificultad de progreso en unas circunstancias tan adversas («De este barrio se van los que pueden y los que no tiene más remedio»), de la normalización de una vida que a muchos nos parecerá anormal por peligrosa, por periférica.

El lector enseguida se identifica con el narrador-protagonista, que habla y mira como un niño de apenas «once años largos» (algo muy difícil de conseguir y de interesar a un lector adulto, pero que el autor logra); que pasa frío y hambre; que se achicharra las manos recogiendo chatarra con su padre, al que no puede arrancar una palabra con lo necesaria que le sería. Que habla con su tata y su madre de las cosas de ese microcosmos en el que se desenvuelve: las trastadas de El Gordo; su atracción por Sara, que le «pone el pecho como si dentro tuviera un saltamontes»; las peleas entre familias; las visitas del Grupo persiguiendo el trapicheo del chocolate y la yerba; el sueño imposible de que los Reyes le traigan una bicicleta.

El corazón de nuestro protagonista vuela por encima de estas cosas y, con su rudimentaria poesía, de la que nos ofrece alguna que otra conmovedora muestra de influencia hernandiana («Una cebolla con piel de manzana / me quitaba el hambre mientras te esperaba»), se dispone «a soñar con un mundo más dulce», aunque el río que les sirve de lugar de recreo «tiene botas flotando, zapatos rotos, botellas, chasis de motos, ruedas de bicicletas, bolsos, cubiertas de coches, maletas reventás, tapaeras de váteres, muñecas sin cabeza, jeringuillas, brazos de maniquís, pelotas pinchás, sillas partías y hasta un sofá de escay marrón». Nunca una descripción resumió tan bien el lugar en el que no adentramos; sobre todo cuando conozcamos que también de cadáveres se llena de vez en cuando ese canal putrefacto, espeso de limo y guano, donde malviven los albures y se ahogan los sueños y el futuro.

El del niño es el de ser periodista, y a ello se dedica en estas páginas: a convertirse en cronista de una época y un espacio en los que la delincuencia es el modo de vida, en los que la violencia le hace desear «Yo no quiero crecer, tata, porque además de que te da fiebre y los huesos duelen mucho, salen moratones y postillas por toas las partes» y se oye como una sentencia «Nojotros no le importamos a nadie...»; un mundo en el que es posible coordinar oraciones que algunos posiblemente no pronunciarían juntas jamás («le rajaron la cara para marcarlo y le pegaron fuego al Seiscientos. ¿Qué vamos a comer hoy, momá?»); en el que a veces la normalidad se extiende, las noches de verano, cuando los vecinos sacan las sillas a la puerta en una fotografía llena de contrastes y de paz.

No es esa, sin embargo, la sensación que nos deja La zúa al cerrarlo, sino de desasosiego, de culpa, de rebeldía, de miedo. Un universo enclaustrado que no nos atrevemos a traspasar y que Antonio Ortega, con su bien hacer, nos ofrece entre pan de bollo y latas de caballa para que al menos seamos conscientes De cuántos actos injustos somos culpables los hombres.

Elena Marqués

Antonio Ortega Rubio (Sevilla, 1971), escritor y periodista, ha trabajado para Giralda TV y para CRN Giralda, canales en los que dirigió y presentó diferentes programas. También ha ejercido su labor periodística en medios como Cadena Cope, Popular Tv, Canal Sur Radio, El Correo de Andalucía, el diario Viva Sevilla o La Opinión de Huelva, entre otros, en los que ejerció la crítica flamenca.

Es autor de los libros Voz de canela. Bosquejo biográfico de El Bizco Amate (Ed. Ayuntamiento de Sevilla, 2003), El último trovador, Paco Palacios El Pali (Ed. Absalon, 2010), Yo nunca a mi ley falté. Guía básica laboral, fiscal y sobre la Seguridad Social para profesionales del flamenco (Ed. Diputación de Sevilla, 2010), La voz de bronce (Ed. Absalon, 2013), y del poemario Inverso (Ediciones en Huida, 2015).