Héroes rotos

Inauguramos la temporada de la Tertulia Gastro-Literaria El Caldero por todo lo alto, preguntándonos qué es un héroe (primera frase de la novela) y ansiosos por conocer el desarrollo de la particular liga de la justicia a la que nos enfrenta el escritor uruguayo Joaquín Dholdan. E imagino que, antes de eso, sorprendidos de que un sustantivo de connotación positiva vaya acompañado de un adjetivo que le resulta impropio.

Dividida en cortos capítulos en los que va cambiando la voz del narrador, esta novela ambientada en su Montevideo natal narra en su primera parte las distintas «aventuras» de cinco adolescentes que, bajo la hipnótica influencia de los cómics y de uno de ellos, un ser a todas luces especial, deciden actuar ante los distintos conflictos que se producen en su entorno; un barrio complicado, dejado de la mano de Dios y de los poderes fácticos, en el que deben crecer y sobrevivir.

Y me parece muy acertada la forma escogida para contarlo, pues, a pesar de que no es una novela extensa, el autor consigue, a través de sucesivos fragmentos, que lleguemos a conocer en profundidad la vida y dificultades personales de cada uno de sus protagonistas. La inteligencia excepcional de Jero, que se convierte en su propia pesadilla. La valentía de Gonzalo. El elemento amable de Lara. El amor incondicional de Eric. La inquietud de Jorge. Y, por encima de todo, el vínculo que los une y los hace fuertes: el valor de la amistad. La doble vida que se crean, con sus máscaras negras y sus disfraces de superhéroes e incluso su aparición en los periódicos, es algo con lo que todos los niños sueñan, pero solo ellos son capaces de llevar a cabo.

Al principio su lucha se reduce a asustar a esos personajes desastrados que abundan en los barrios pobres, mujeres que intentan robarles el balón por invadir su terreno de flores mustias, disminuidos psíquicos que aterrorizan con su aspecto; pero pronto las «misiones» se hacen más complicadas, y algunas solo sirven para prepararlos para el mundo real. Como la enfermedad de Jorge, ante la que se unen como un preludio de su última acción, ya de mayores, para intentar salvar a Jero de sí mismo; una lucha en la que tiene todas las de perder y en la que se confirma la definición de héroe que se hace al principio del libro como contestación a la pregunta inicial: «estar muerto de miedo y defender a quien no puede». Eso es heroísmo.

Pero, como la vida, el libro se va oscureciendo a medida que los años transcurren, y, alcanzada la edad en que los juegos terminan, o en que el juego deviene algo ciertamente peligroso, es cuando Jero se convierte en verdadero protagonista de la historia, no solo porque ahondamos en la negrura de su mente, en su indescriptible sufrimiento, sino porque actúa y decide por su cuenta y termina de romperse como héroe mientras los demás resuelven convertirse en adultos. Es entonces cuando sus actos dejan de rozar la ilegalidad para sumergirlo definitivamente en un individuo al margen de todo, como algunos de los protagonistas de esos cómics que, descreídos del funcionamiento de la sociedad y de sus reglas, deciden tomarse la justicia por su mano.

Y, como fondo, la situación del país, sometido a sus propios problemas en una fase de proceso de cambio y de intento de olvidar lo inolvidable que conocemos mejor a través de esa acción de «venganza» en la que intentan descubrir el paradero de la madre de Eric y se enfrentan al discurso del milico y al plebiscito para perdonar a los culpables de tanta masacre.

En cualquier caso, y aunque el libro nos va conduciendo poco a poco a la tristeza, la magia que tanto odia Jero parece imponerse. Los hijos de Eric y Lara terminan portando sus mismos nombres, lo que nos hace concebir cierta esperanza de que los héroes rotos se recompongan. Por lo pronto, tienen a un primer enemigo al que enfrentarse: un Viejo Tongo redivivo con sus perros caminando hacia el extremo de la noche. Porque la vida, con todas sus batallas, solo sabe repetirse a sí misma. Y en ella, por supuesto, siempre caben los héroes.

Elena Marqués

 

Joaquín DHoldan (Cerro de Montevideo, 1969) trabaja como odontólogo en Sevilla. Escritor y dramaturgo, sus obras se han representado en Uruguay, Argentina, España, México, Venezuela y Puerto Rico. Tiene publicados los libros El murguista muerto, Estuario, Cómo desactivar un hombre bomba y Cuentos orientales; y conduce los programas de radio Diálogos comanches y Música oriental.

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