El diablo en el cuerpo

Que la voz de Isabel II, «la de los Tristes Destinos», aquella reina gorda, chata y castiza tan dada a los escándalos, se alce desde el Purgatorio es algo con lo que no contaba al enfrentarme a El diablo en el cuerpo. Ese hecho ya me hace estar atenta desde el principio. No por nada, sino porque me resulta tan arriesgado adoptar ese punto de vista que me temo que la cuestión no llegue a buen puerto.

Sin embargo, la nave se desliza con tal facilidad que no puede detenerse. Y la dirige una mujer-reina (el orden a veces es difícil de establecer) que, condenada a la manipulación por la incultura y por su condición femenina, cuenta en primera persona su vida desde los dieciséis años, cuando se ve obligada a casarse con un «hombre» que no la satisface, hasta su destierro en París, donde conoce la subida al trono de su hijo Alfonso y se le niega la posibilidad de volver alegando sus demasiados amantes de toda condición. Con ella, pues, descubrimos algunos capítulos de nuestra historia, un momento convulso en lo político y lo social que supone el final de una España (la de las pinturas de Madrazo) y el inicio de otra (la de la fotografía, que tanto aborrecía Isabel por la imposibilidad de adelgazarla); un momento en que surgió una realidad muy hispana que fue el «pronunciamiento». Y con ella conocemos también los tejemanejes de la regente María Cristina, su madre; sus sentimientos hacia su hermana Luisa, casada, como ella, con otro primo, esta vez un Montpensier, con quien establece su pequeña corte en Sevilla… Y, por encima de todo, sus muchos amoríos, como aquel con Francisco Serrano, su «general bonito», quien más tarde, por anteponer España a ella (en el caso de Isabel, dispuesta a dejar la Corona por su amor, era al contrario), acabaría traicionándola.

Dividido en varias partes tituladas con el nombre de los distintos palacios que habitó, desde el de Oriente pasando por La Granja y Aranjuez, donde encontró el amor y el goce carnal, hasta llegar a Ostende en busca de mejoría a sus afecciones (allí precisamente reconoce a quienes al poco se conjurarían contra ella) y al Palacio de Castilla en el centro de París, recorremos algunos hitos históricos y se nos presenta someramente a los verdaderos artífices de la política del momento, en la que Isabel casi no tenía cabida y de ahí que se dedicara al ámbito que se le dejaba: el del goce de la privacidad.

Pero lo mejor del libro es precisamente esa voz desde el purgatorio; una voz fresca, popular, libre, coloquial, de frases breves y directas capaces de encerrar graves sentencias que nos describe una forma de ser y de vivir desconocidas hasta entonces. Porque de Isabel II mucho se ha escrito, pero para mí que la imagen que de ella se nos da para nada es favorable. A través de la novela de Soledad Galán nos enfrentamos a una visión muy humana de Isabel, con sus lados oscuros y sus bondades. Y es el humor el que todo lo convierte. A pesar de su desfachatez, su impertinencia, su irreverencia, su impudicia; a pesar de imaginarnos con algo más que repugnancia sus costras de serpiente (Isabel padecía una icthyose anacarada), sus calores menopáusicos, su gula inusitada; a pesar de describirnos su degeneración corporal con demasiada cercanía y detalle, así como su descaro en lo sexual (no puede definirse El diablo en el cuerpo como una novela erótica, aunque no faltan las escenas subidas de tono, en las que la autora se desenvuelve con solvencia), termina uno por encariñarse con su real figura, especialmente en su soledad del destierro, momento en que incluso «Paquita» también se ennoblece.

Sí, lo que cuenta Soledad Galán no es sino una vida trágica; pero la ironía y el humor, y esa voz peculiar que esperemos no pierda en sus próximas novelas, hacen de El diablo en el cuerpo una obra deliciosa de la que pueden disfrutar casi todos los públicos.

Elena Marqués

Soledad Galán (Plasencia, 1972) es filóloga e imparte talleres de escritura creativa. Ha escrito algunos libros de divulgación, sobre la aventura de parir (Adiós, cigüeña), y El diablo en el cuerpo es su primera novela.

El diablo en el cuerpo

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