Cuando no se tiene nada que decir

Hace unos días he tenido noticia de que una amiga ha sufrido, por decirlo de algún modo, un asalto con saqueo de palabras en su blog y un plagio en toda regla. La sorpresa no puedo decir que sea mayúscula, pues es un procedimiento que está a la orden del día. De hecho, no hace mucho viví casi en directo la sorpresa del jurado de un importante certamen literario que comprobó que uno de sus autores premiados en la edición anterior lo practicaba con asiduidad, y tomando textos no de mindundis como nosotros, algo que siempre es más difícil de detectar (aunque cada vez menos, con tantos buscadores eficientes que tenemos al alcance), sino de autores célebres tal que el mismísimo Manuel Mújica Laínez. La verdad, no entiendo el riesgo de desprestigio personal y profesional que se corre por unos euros de más y una foto con diploma tras el fallo (con perdón).

Quizás todo se deba a esa insana necesidad que tenemos los humanos de destacar como sea, de que nos lean y nos alaben aunque no nos pertenezcan los textos que aireamos; a un tonto empeño en ganar en visibilidad y que nos aplaudan; al hambre de éxito. Un éxito, hay que dejar claro, momentáneo dado que hoy en día todo es fugaz y pasajero, incluso la gloria. Igual, sabiendo eso, entienden los plagiadores que, después de un ligero bochorno, podrán volver a las andadas, pues nadie se acordará de su anterior tropelía.

La cuestión es que también la semana pasada, por una cuestión que no viene al caso, pero hablando en concreto de Saramago, encontré una frase suya (o que se le atribuye: no quiero hacerlo pasar por plagiador) hablando de su larga etapa improductiva, «Sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar», variante de un sabio proverbio que expresa algo así como «Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas»; sentencia que bien podríamos aplicarnos más de uno para que luego no se produzca otro fenómeno del que me gustaría hablar a continuación, y es lo poco que admitimos las opiniones negativas.

Vale que hay gente que puede ser desagradable en sus palabras, y la mala educación es inaceptable en cualquier circunstancia. Siempre se afirma que una buena mala crítica, si es constructiva, debería aceptarse con elegancia y humildad y para bien, pues nos servirá de aprendizaje. Pero tengo comprobado que hay veces en que te solicitan (hablo de redes sociales, que más que redes a veces son verdaderas telarañas venenosas) tu sincero veredicto sobre un texto, novela, poema o plagio, y cuando con buenas palabras viertes esa opinión requerida y no es del agrado del solicitante o «solicitanta» de dicha opinión, se produce una reacción airada que termina en bloqueo real o virtual con insultos previos al inocente crítico que, además, son aplaudidos por la cohorte de lectores allegados al demandante o «demandanta» de la opinión de marras.

En fin, que un poco de eso me apetecía hablar hoy, de lo infantiles que somos en algunos aspectos, del insano orgullo de nuestros pequeños corazoncitos de artistas frustrados, de la vanidad de este mundo en el que, queramos o no, muchos son los llamados, pocos los elegidos. Ya el tiempo se encargará de la criba.

Lo malo es que nosotros no lo veremos.

 

Elena Marqués

Cuando no se tiene nada que decir

estoy de acuerdo contigo

Hola Elena. Como escritora que trabaja con ahínco para llevar a cabo su labor, me resulta insoportable que otros, (escritores), se opropien,por no decir te roben, el resultado de tu empeño.
Por mi parte, yo también defiendo la crítica, bien sea buena o mala. Incluso creo que la única que te hace crecer es la mala, o simplemente la real.

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