Año Nuevo

Quienes han seguido mis últimas andanzas facebookianas e instagrameras sabrán que he cerrado el año disfrutando de algunas películas de las sagas de El señor de los anillos, El hobbit y el joven mago de Hogwarts. De hecho, también hemos visitado la exposición «Harry Potter. The exhibition» en Madrid y confirmado así que la familia está amistosamente dividida entre las casas Gryffindor, Slytherin y Hufflepuff sin necesidad de pasar bajo las inquisitivas alas del sombrero seleccionador. Después de tanto tiempo transitando por esos lares rowlingnianos no nos hacía falta someternos a test alguno, aunque sí que nos apetecía sacar a tirones la raíz de una mandrágora para experimentar lo que debe ser asistir a clase de Herbología bajo la amable supervisión de la profesora Sprout.

Sentarse ante la televisión para descubrir pequeños matices de estas historias se ha convertido en una tradición tan afincada en las ventanas barridas por el Céfiro como escuchar el concierto de Año Nuevo. Reconozco que el ritmo de sus valses y polkas me hace sentir feliz, así como recorrer Viena y alrededores, surcar las aguas del Danubio azul como si fuéramos libres en esos hermosos y elegantísimos reportajes que tienen a bien regalarnos. Quizás sea uno de los mejores momentos de este ciclo por estrenar, cuando se nos hace creer que todo es posible y que hemos cruzado una especie de puerta mágica en la que se borran los errores cometidos y se empieza a contar desde cero.

Bueno, pues, para concluir, el primer día del año lo terminamos con un nuevo capítulo de Black Mirror que nos dio que hablar. En él un «malvado» programador diseñaba un juego espacial en el que los personajes eran reales y sufrían no solo el encierro en una nave vagando por un universo propio, sino la tiranía de su capitán-creador; un tipo antojadizo y cruel al que había que intentar eliminar desde el mundo real, inaccesible para los pobres prisioneros. Alguien comentó «cómo se puede uno inventar una rayada así» quizás sin pararse a pensar que todos somos un poco víctimas del capricho de alguien o de algo, dependientes de pequeños vicios que nos alienan; que estamos sometidos en mayor o menor medida a modas, a opiniones, a críticas; que nuestra vida queda en demasiadas ocasiones supeditada a deseos ajenos, a costumbres que ni nos molestamos en analizar, a personas tóxicas que nos subyugan con una incomprensible capacidad de hacernos sentir culpables prácticamente por respirar.

Hace ya mucho tiempo me llegó por correo electrónico (creo que con ella empezamos a emplear este medio de comunicación) una encuesta con preguntas bastante inteligentes que contestamos algunos del trabajo por puro entretenimiento. Una de ellas nos inquiría sobre el valor fundamental para nosotros y prácticamente todos respondimos que el amor. Hubo alguien que a lo mejor caviló mejor o acababa de analizar todo eso que he nombrado antes y contestó rotundo que, por supuesto, la libertad. Al leerlo me quedé pensativa porque, evidentemente, tenía mucha razón. Ahora sé que su respuesta fue la más acertada y por eso lo traigo aquí a colación.

En estos días en que como autómatas nos deseamos felicidad, salud, amor, dinero y toda esa retahíla, yo os pediría que aprendierais a romper ataduras, a decir que no a lo que os daña, a viajar y soñar, a experimentar eso que recogen todas las constituciones como derecho fundamental. Haceos valer, que el tiempo corre y no hay puertas mágicas que nos dejen empezar de cero.

Elena Marqués

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